Escrito con la zurda cap III
CAP. III .
EN EL QUE APARECE UN SABIO ENCANTADOR EN EL GRAN RAJASTHAN QUE CONTÓ UNA VIEJA Y CASI OLVIDADA HISTORIA DEL QUE FUE UN AMIGO SUYO, ERUDITO HISTORIADOR GALO, EL CUAL SE VOVIÓ LOCO POR CAUSA DE UN OSCURO LUGAR.
Mientras otro soñoliento y afortunado turista penetraba en una abertura en forma de arco árabe cual agujero en una inmensa pared color siena y un guardia con turbante le daba voces a su espalda, otro guardia simpáticamente pero con firmeza y claridad me explicaba lo mismo que había dicho al que iba delante de mí. Debía entrar también cuando me lo indicasen y caminar rápido y sin pararme en ningún momento, luego otro guardia me contaría lo que debía hacer.
Repentinamente se oyó un grito tremendo que salía de la abertura, el primer guarda ya me tenía agarrado por el brazo y rápida, casi violentamente, me puso a la entrada del largo pasadizo, me dio un empujoncito y comenzó a gritarme ¡quick, don´t stop! Yo me quedé atónito y desconcertado, pero empecé a caminar, el otro me metía prisa por detrás. Lo cierto es que estaba en una oscuridad casi total, en un corredor largísimo y sin luz. Al poco conseguí distinguir al fondo una pequeñísima abertura, un agujerito en el horizonte por donde se colaba un único débil rayo de luz, que unido a la perfección total del acabado de las angostísimas paredes y del bajo techo del pasadizo, y el hecho de ser estas de mármol blanco y brillante, me permitía tener un mínimo de perspectiva y con todo esto pude andar en medio de aquel negro túnel.
Mi cabeza casi llegaba a dar con el techo y no podía prácticamente mover los brazos de la estrechez del pasadizo. Los gritos a mi espalda habían cesado y el agujerito con luz se hacía cada vez un poco más grande. Pude acelerar el paso a pesar de que estaba extrañamente cegado por la lucecilla del final. Quedaba a la altura perfecta de mis ojos, y como cuando caminas siempre se mueve la cabeza con los pasos aunque sea muy ligeramente, cosa que no se percibe bien a cielo abierto, aquí la luz parecía moverse al fondo, vibrando en la oscuridad. Las paredes blancas y pulidísimas de mármol recibían cada vez más algo de luz y lo más sorprendente de todo es que los bordes o límites entre la oscuridad y la luz parecían estar ligeramente difuminados y moviéndose dulcemente a cada paso.
El arco de luz del fondo, que era la salida del pasadizo, empezaba a estar más cerca y lentamente empezó a mostrarse una imagen difusa en medio de la luz. No la distinguí bien al principio, pero poco a poco la empecé a reconocer, bailaba suavemente en la oscuridad, y creo que pocas veces he tenido una sensación tan maravillosa en mi vida. Se acercaba el gran momento, en medio de la terrible penumbra y a la altura de mis ojos, meciéndose en el horizonte en medio del arco, se aparecía suave y con encanto infinito el Taj Mahal, que se iba haciendo cada vez más grande y claro sin poder salirse del marco movedizo que eran las paredes del corredor.
De golpe, el pasadizo se acabó y tras las tinieblas se hizo la luz, el cielo azul rodeo mi cráneo y el Taj en todo su esplendor se me presento a la vista e instantáneamente otro guardia me sujetó el brazo y me apartó a un lado al mismo tiempo que pegaba un tremendo grito hacia el comienzo del corredor. Era la señal, y debía decir en hindi ¡el siguiente! Una vez fuera todo se calmó, había unos jardines que debían ser recorridos hasta acercarte a la edificación principal de la tumba más famosa de la tierra, una de las siete maravillas del mundo, construida en 22 años por 22 mil obreros según reza la leyenda.
He de reconocer que todo estaba perfectamente pensado, los gritos, las explicaciones, los movimientos bruscos de entrada y salida del pasadizo, todo, ya digo, tenía su plena lógica, pues la cola para ver el gran espectáculo era no ya larga, sino infinita. Pude acceder a tal increíble belleza por la pericia de un taxista que me convenció de que se podía hacer en un cambio de aviones: dormir tres horas en un hotel, que las pasé en vela, despertarme antes del amanecer, llevarme al Taj Mahal, que vería con las primeras luces, y estar una hora allí.
Después de haber oído otro grito, aún mayor que los anteriores, para que se pudiera comprobar la resonancia interior de la descomunal cúpula, al salir de la extraordinaria tumba y paseando alrededor, te encontrabas con la espectacular parte de atrás, donde se podía contemplar una gigantesca curva del río Jamani con la orilla sagrada y selvática de frente, y en la otra vera la ciudad de Agra con su grandioso Fuerte Rojo, del mismo estilo y tamaño que el de Delhi, dando al ancho y poderosísimo río.
Pero el taxista me había dicho que estuviera pendiente del reloj, a toda máquina debíamos ir al aeropuerto para tomar el avión a Jaipur o lo perdería. Allí estuve esperando nueve horas debido a una avería, hasta que finalmente pude embarcar. Todo esto se me ha quedado grabado como quizá el mejor de los muchos y fantásticos recuerdos de la India, que me hizo olvidar otros, entre ellos uno de trascendental importancia para esta historia.
Sigamos pues con la narración, ya que, aunque no lo parezca, estoy tratando de ceñirme solamente a los hechos relevantes. He empezado por algunos relativos a mi niñez y adolescencia únicamente para señalar mi extraña relación con Cervantes y el lugar de la Mancha. Ahora tengo que dar un salto en el tiempo y contar algo que me ocurrió teniendo ya 27 años, en uno de mis viajes de negocios por el Oriente Lejano. En los años intermedios había comenzado mis estudios de Ciencias Económicas, y estando ya casi finalizados me dieron unas tremendas fiebres musicales y comencé a estudiar solfeo y piano. En medio de todo esto tuve un puesto en el Rastro y posteriormente una tienda de objetos orientales que me hizo viajar a la India, Nepal y Tailandia, y también docenas de veces a Londres y Paris.
El suceso que tengo que contar ocurrió en el segundo de mis viajes a la India, en el que me propuse ir a Jaipur y volver a Benarés como sitios interesantes para hacer compras. Desde Agra me dirigí a la capital del Rajasthan, Jaipur, para ver el mercado de plata y algodón estampado o cualquier otra cosa que me pudiera interesar. Me alojé en unos bungalows turísticos que me habían, en mala hora, recomendado, y como llevaba casi dos días sin dormir caí en la cama como un plomo. A la mañana siguiente, completamente breado a picotazos de mosquitos de diversas clases y tamaños, salí disparado de allí. Tomé un taxi y me pasé casi todo el día buscando un hotel aceptable, que, después de recorrer toda la ciudad y alrededores, resultó ser uno que estaba a unos trescientos metros de los bungalows de donde había partido.
El hotel era muy bonito, se llamaba Rajasthan National Hotel y tenía un cierto aspecto colonial y muy serio, con un largo jardín medio selvático y una edificación también muy alargada de dos plantas donde estaban las habitaciones, todas con sus dos o tres salamandras de rigor para los mosquitos, lo cual me tranquilizó mucho.
Ya por la noche pude salir a cenar, tomé otro taxi y tras un corto regateo, me llevó a donde le había pedido, al mejor restaurante de la ciudad, aparte de correr menos riesgos con la comida sabía que no me costaría todo más de diez rupias, unas cien pesetas. No sé como pero entre los tres o cuatro platos que pedí uno de ellos era una especie de huevos duros con mayonesa, grave fallo mío. Este detalle es esencial en esta historia, pues aparte de quedar demostrada mi falta de habilidad pidiendo platos para cenar, lo que pasó fue que unas horas más tarde, en el hotel, donde ya había llegado algo revuelto y mareado, me empecé a sentir fatal. Tenía una descomposición de mucho cuidado, una especie de colitis, algo muy frecuente entre los turistas y otros estómagos no acostumbrados en la India. Recordé también que por la tarde, mientras buscaba hotel, en una parada no había podido resistir la tentación de beber un gran zumo de frutas variadas en un puesto callejero, y después había tomado un par de excelentes tes indios. Total, demasiado líquido en mi estómago que mezclado con la mayonesa fue como una bomba.
Así que me puse enfermo y no sabia qué hacer ni donde acudir, aparte de que esto me podía estropear todo el viaje y por tanto los negocios. Había comprado en Madrid unas pastillas para la colitis que me habían recomendado, y con estas decidí guardar reposo y relajar la comida y en un par de días me empecé a sentir algo mejor. Al tercer día ya me di un pequeño paseo por el largo corredor que distribuía las habitaciones con el jardín a un lado, llegué al comedor y me atreví a pedir un arroz blanco y algo de té, estaba hambriento y débil, me sentó muy bien y me volví a la cama.
Al día siguiente volví a repetir la misma operación, encontrándome ya mucho más fuerte y animado, aún así andaba todavía algo lento e inseguro. Con todo me fui a dar un paseo por el hotel, primero por el jardín, de donde me echaron los mosquitos, y luego por todo el corredor hasta el fondo, donde había una sala con sillería de mimbre y un par de mesitas. Allí estuve sentado un ratito mirando las fotografías en blanco y negro de las paredes, eran de ciudades y sitios turísticos del Rajasthan, una maravilla, desierto y agua a la vez. Al poco descubrí una puerta doble entreabierta que daba a un pasillo, y queriendo conocer los entresijos del hotel me metí a ver que descubría.
Empecé a recorrer una serie de galerías paralelas al corredor en el otro lado del hotel y también con un largo y mucho más estrecho jardincito muy cuidado y con muchas plantas y macetas preciosas y de lo más exóticas. Como no vi ningún obstáculo seguí una sala tras otra hasta que, totalmente perdido, llegué a una habitación enorme con un gran piano de cola de color madera, viejo y destartalado, con muchas teclas desconchadas, y con su taburete y todo, eso sí, lleno de polvo y con aspecto de abandono.
Como hacía pocos años que había comenzado mis estudios pianísticos, de una forma muy esporádica y poco seria, sentía dolor de conciencia de mi poca regularidad y constancia con el piano. Allí me acordé de mi piano vertical abandonado en Madrid y me hice promesas de retomarlo con más empeño a mi vuelta. El caso es que la situación me pareció perfecta para que, no viendo ni viéndome nadie, sentarme en el taburete y poner los dedos sobre el teclado y, no ocurriéndoseme otra cosa, debido a mi escaso repertorio, ponerme a tocar una obra muy fácil del Álbum de Anna Magdalena de Bach, que era por donde empezaban los pianistas parvulitos.
Así que con los dedos muy desentrenados me puse a tocar, por decirlo de alguna forma, el piano, que además tenía unas cuantas teclas que fallaban y el arpa estaba destensada de hacía años, sin alma ni espíritu. Resumiendo, que aquello sonó como sonó, que fue peor que mal, y, cuando debía llevar unos diez segundos aporreando las teclas, de pronto se abrió una puerta doble con gran estruendo y apareció un sij gigantesco y mal encarado, pegándome uno de los sustos más espantosos de toda mi vida. Me quedé paralizado y su terrible mirada me neutralizó por completo mientras yo permanecía firme, me había levantado de golpe según le vi entrar y dirigirse hacia mí.
Me preguntó quién era y qué hacía allí con cara de pocos amigos, y yo, mal que bien, titubeando y tartamudeando, finalmente me rehice y traté de explicarme todo lo más razonablemente posible. Los primeros momentos, lo reconozco, los pasé temblando, pues debía medir unos dos metros y pesar 150 Kg., un tío tremendo. Pero al final estuvo bastante correcto, dentro de lo que cabía, y profesional, porque como luego supe era una especie de guardaespaldas que acompañaba a alguien importante, un viejecito que apareció detrás de él con una extraña sonrisa y que a poco de empezar el interrogatorio del sij lo interrumpió con un "Where are you from?". Tras mi respuesta sonrió, como si lo hubiera sabido de antemano y se dirigió a mí en un magnífico español con fuerte acento argentino, "tranquilízate, no pasa nada", e hizo que el gigante se calmara. Yo me sorprendí aún más, no me esperaba que me hablara en mi idioma y menos que la situación se relajara como por arte de magia. En seguida me di cuenta de que sus gafas de sol eran debidas a una ceguera, pues el sij le tomó su brazo para acercarle hacia mí.
El viejecito era de lo más simpático, tenía un habla muy gracioso y elegante. Al enterarse que no estaba muy sano me invitó a pasar a un salón muy cómodo con unos sofás y una mesita. Se llamaba Jorge y también estaba allí por un problema de salud, yendo hacia Japón se había sentido muy mal y ni siquiera había podido llegar a Delhi, teniendo que bajar en la escala de Jaipur donde llevaba seis días descansando y tomando fuerzas. Quería saber cómo había ido a parar a la India y le gustó la descripción que le hice de las mercancías que andaba buscando.
Le interesó el boom del algodón estampado, y especialmente una historia de un comprador de plaquitas de marfil policromado con escenas del Kamasutra, típico de Jaipur, que tiene un museo fantástico de antiguas miniaturas eróticas de marfil. Se había encontrado con la prohibición, desde ese año, de exportar marfil en todo el mundo, así que le ofrecieron las mismas escenas pero en un simulacro de papel antiguo que agujereaban y amarilleaban envejeciéndolo, mojándolo y dejándolo secar al sol, tarea a la que se dedicaban estudiantes de la Universidad de Jaipur.
Pero una vez metido en el encargo, con los adelantos pertinentes abonados, se había encontrado con un regateo continuo sobre el grado de calidad y credibilidad del proceso de envejecimiento. Si lo quería con los bordes algo rotos o carcomidos, tantos dólares, sobados por miles de dedos a lo largo de la historia, otros tantos. Pero de lo que él más se quejaba era de los pocos agujeritos imitando carcoma que se veían en la mayoría de las hojas, es que eso es lo más laborioso de todo, le explicaban, lleva mucho tiempo, y le pedían más dólares, que siempre eran preferidos a las rupias y a cualquier otra moneda. Así que en la espera se había ido de excursión a Udaipur y Jodpur, ciudades cercanas cuya descripción me dejó maravillado, y finalmente a Agra. Me acuerdo que en el hotel, viendo las fotografías de Udaipur, quise también visitarla, cosa que no pudo ser, pero juré que algún día lo haría, lo cual ahora me hace gracia por su improbabilidad.
El caso es que aquel comprador volvía a recoger su encargo de hojas supuestamente arrancadas de libros antiquísimos, con sorprendentes escenas eróticas de dudosa belleza y calidad, y con el agujereo y las marcas siempre por los bordecitos, según cláusula del contrato. Me había tocado de compañero de viaje en el avión y me había enseñado algunas que llevaba en el libro que simulaba leer, me pidió mi opinión de mercader sobre si aquello colaría en Ibiza, que era donde se movía. Pero estaban bastante frescas y chillonas como para decir que aún se las notaba calientes, y a la regularidad de las quemaduras y esquinas desaparecidas se añadía la de los bloques de agujeritos hechos en serie, además ¡carcoma en papel, cuando se ha visto! no sabía que cara ponerle, así que le animé malamente, se hundió en un mar de dudas, y, en venganza, me recomendó los bungalows turísticos.
El tal Jorge era de lo más charlatán y estuvimos hablando mucho tiempo, era muy bromista y me preguntó como había destrozado a Bach tan bien. Le hablé de mi debilidad en la constancia de la práctica pianística, mi vocación tardía y el estado del piano, todo lo cual no había impedido que acertara el compositor, le apunté, pero se reía. Más gracia le hizo cuando le hablé de mis fiebres wagnerianas, contándole que hasta me había apuntado a una revista catalana, llamada Montsalvat para tratar de estar a al última, y ya había asistido a las tres primeras operas de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos, quedándome sólo la última, y además conocía el Tristán y el Thanhauser. También le conté que me había leído la correspondencia de Mozart, y su biografía por Stendhal, cosa que le llamó la atención y de lo que hablamos un rato. Se sorprendió mucho cuando le dije que había leído a Proust, pero bajé puntos al saberse que lo había hecho en una traducción, volví a subir cuando le hable de Thomas Mann como uno de mis favoritos, y mis comentarios sobre los Buddenbrook y las generaciones parecieron gustarle.
Hablamos de Monsalvat y la leyenda del Santo Grial, la búsqueda del monasterio perdido y toda esa mitología, pero de lo que más charlamos fue de la India y de Jaipur, que me pidió que le describiera, cosa difícil pues apenas había visto la ciudad desde el taxi. Aún así me había dado tiempo para ver un momento el exterior del Hawa Mahal, el palacio de los vientos, y le describí como sólo era una pura fachada, pero maravillosa a más no poder, hecha para que las huríes del harén pudieran ver lo que pasaba por la calle y no estar tan aburridas. Le conté como toda la ciudad era de color rosa, pues es llamada la Pink City, al igual que Marraquech, y como en los tejados de las casas era fácil ver grandes águilas del desierto. Finalmente, después de más de dos horas de charla, nos despedimos y quedamos para el día siguiente.
Dormí bien y al levantarme comprobé como me estaba recuperando y mejoraban mis fuerzas, así que ya me atreví a pedir un café en el desayuno, e incluso tomé unas tostadas con mantequilla y mermelada. Tras esto me fui a dar un paseo hasta las estancias de mi nuevo amigo, donde al poco de anunciarle mi llegada apareció sonriente, él también parecía recuperarse de su salud. Volvió a aparecer un servicio de té sobre la mesa y continuamos la charla. Esta vez quiso saber qué había leído de literatura española y tras dejar constancia de mi escasez de lectura de autores latinoamericanos, "Cien años de soledad" y poco más, empezamos a hablar de Galdós y Baroja. El caso es que la conversación derivó hacia Cervantes, donde quedé muy bien diciendo que me había leído el Quijote ya de pequeño, y a él ni se le pasó por la cabeza que podía tratarse de un quijotin, y enseguida pasó a hablar del libro con grandes elogios y mostrando mucho entusiasmo. Me habló de un viejo amigo suyo, muerto hacía muchos años, que se había vuelto loco con el Quijote y sus misterios, especialmente con el convencimiento de que el lugar del que no había querido acordarse tenía que existir o responder a algo. Así que pueden imaginarse cómo se me abrieron los ojos, no pude resistir la tentación de hablarle de Cózar y Sanabria, mis viejos secretos, pero se lo conté a modo de anécdota sin importancia y como cosa poco seria, sin intentar engañarle o inflar excesivamente el asunto. Dio igual, fue él el que lo infló, pues le pareció importantísima la información y me pidió todo tipo de detalles.
Así que me vi haciendo una descripción de las tacillas y las ruinas y fortunas que rápidamente podían generar. Me dijo que su amigo francés, se refería a él llamándole "el pobre Pierre", se había pasado años buscando pistas sobre el posible lugar no recordado de la Mancha, hasta el punto de haberse ido allí a vivir. Comentó que no era el único caso de obsesión con los misterios cervantinos, pues había habido dos o tres casos conocidos de gente que se había obcecado con estos temas. Pero lo de su amigo Pierre le había impresionado muy especialmente e incluso lo había llegado a escribir en una pequeña narración, escondiendo de alguna forma una historia cierta en medio de muchos cuentos ficticios. Era como ocultar una verdad camuflada entre muchas mentiras, me dijo, y que así pareciese una mentira más, pues no hay mayor fuente de invención que la misma realidad.
Casi toda la charla de aquella mañana giró en torno a su amigo y su locura, pues Jorge se había emocionado mucho recordándole. Me contó que en la última conversación que tuvo con él en Paris, éste se había mostrado muy esquivo y paranoico, como si supiera algo y no quisiese revelarlo, pero dando a entender que tenía información interesante y que tenía que trabajar en la investigación de muchos datos. Todo está oculto en el Quijote, hay que leerlo con atención, le dijo su amigo, se trata de adivinanzas con la solución escondida entre las letras. Pierre estaba preparando un libro sobre esto, pero se mostraba misterioso y poco comunicativo, hay que tener paciencia, decía, se necesita trabajar mucho y hacerlo seriamente.
El caso es que se mostraba muy apasionado con el tema y opinaba que el Quijote había que escribirlo de nuevo, teniendo en cuenta estrictamente, palabra por palabra y letra por letra, lo que Cervantes había dejado escrito en el original. Jorge le había preguntado si había podido llegar hasta el manuscrito original, pero Pierre dijo que eso era imposible, pues lo más probable es que Cervantes lo hubiera quemado o destruido, para que no existiese ninguna prueba ni conexión entre el trabajo de composición y el libro en su edición final, todo ello preparado, con mucho cuidado de forma calculada y concienzuda, sin duda, por el mismísimo Cervantes. Esto le había intrigado mucho a Jorge, y más cuando su amigo le dijo que parte de sus trabajos también los quemaba, para que no hubiera conexión entre los resultados obtenidos y los estudios que realizaba para llegar a ellos. La conclusión que Jorge había sacado de tanto misterio y desmesura pirómana es que su amigo, que ya estaba muy anciano, se había vuelto completamente loco con unas imaginadas pistas del lugar.
Más adelante había tenido algunas noticias por un par de cartas suyas desde un pueblo de la Mancha, donde se encontraba a pesar de la guerra civil, y también se comunicaba con otro amigo común en Toulouse. Finalmente contó que tiempo después había recibido un paquete con sus cosas y una nota que informaba de su muerte repentina unos meses antes. Había intentado descifrar sus apuntes, pero la vista entonces ya le empezaba a fallar, su letra era minúscula e ilegible y lo poco que pudo analizar le había resultado demasiado difícil de entender por las inexplicables letras y signos que utilizaba. Insistió en convencerme que yo era la persona ideal para ver si sus pistas eran interesantes o no, y que debía analizar el contenido del paquete pues a él le resultaba ya imposible. A todo dije que si, pero por dentro estaba pensando que a mí todo eso me importaba muy poco y no me quería meter en ninguna complicación.
Tras un paréntesis hablando de otras cosas me anunció que se sentía muy recuperado y que probablemente se iría al día siguiente de la ciudad, así que me pidió mi dirección en Madrid y me dijo que contactaría conmigo en cuanto pudiera, y así nos despedimos, para siempre, pues no le volví a ver nunca más. Yo todavía me quedé algunos días, y recuperado finalmente no solamente hice bastantes buenas compras sino que también me dio tiempo a visitar el palacio de Amber, el observatorio astronómico y el palacio del maharajá, así como el barrio del aeropuerto, donde se veían secar al sol las telas de algodón estampado, uno de los objetivos de mi viaje. Más tarde fui a Benarés a por sedas e instrumentos de música y finalmente a Delhi, donde después de un mes en la India volví a Madrid.
Durante un par de años me fue bien en los negocios, aunque la tienda se iba convirtiendo poco a poco en una tienda de ropa más que de objetos de regalo. Pero aparecieron las campañas de la Semana de la India en el Corte Ingles, y las cosas me empezaron a ir de mal en peor, hasta tener que cerrar la tienda para dedicarme a otras historias.












abril-ale dijo
Acá estoy visitándote y leyéndote, gracias por compartir. Un inmenso placer estar en tu espacio, gracias por visitar el mío.
Abrazos fraternos.
3 Marzo 2009 | 11:05 PM