3 Marzo 2009
CAP. III .
EN EL QUE APARECE UN SABIO ENCANTADOR EN EL GRAN RAJASTHAN QUE CONTÓ UNA VIEJA Y CASI OLVIDADA HISTORIA DEL QUE FUE UN AMIGO SUYO, ERUDITO HISTORIADOR GALO, EL CUAL SE VOVIÓ LOCO POR CAUSA DE UN OSCURO LUGAR.
Mientras otro soñoliento y afortunado turista penetraba en una abertura en forma de arco árabe cual agujero en una inmensa pared color siena y un guardia con turbante le daba voces a su espalda, otro guardia simpáticamente pero con firmeza y claridad me explicaba lo mismo que había dicho al que iba delante de mí. Debía entrar también cuando me lo indicasen y caminar rápido y sin pararme en ningún momento, luego otro guardia me contaría lo que debía hacer.
Repentinamente se oyó un grito tremendo que salía de la abertura, el primer guarda ya me tenía agarrado por el brazo y rápida, casi violentamente, me puso a la entrada del largo pasadizo, me dio un empujoncito y comenzó a gritarme ¡quick, don´t stop! Yo me quedé atónito y desconcertado, pero empecé a caminar, el otro me metía prisa por detrás. Lo cierto es que estaba en una oscuridad casi total, en un corredor largísimo y sin luz. Al poco conseguí distinguir al fondo una pequeñísima abertura, un agujerito en el horizonte por donde se colaba un único débil rayo de luz, que unido a la perfección total del acabado de las angostísimas paredes y del bajo techo del pasadizo, y el hecho de ser estas de mármol blanco y brillante, me permitía tener un mínimo de perspectiva y con todo esto pude andar en medio de aquel negro túnel.
Mi cabeza casi llegaba a dar con el techo y no podía prácticamente mover los brazos de la estrechez del pasadizo. Los gritos a mi espalda habían cesado y el agujerito con luz se hacía cada vez un poco más grande. Pude acelerar el paso a pesar de que estaba extrañamente cegado por la lucecilla del final. Quedaba a la altura perfecta de mis ojos, y como cuando caminas siempre se mueve la cabeza con los pasos aunque sea muy ligeramente, cosa que no se percibe bien a cielo abierto, aquí la luz parecía moverse al fondo, vibrando en la oscuridad. Las paredes blancas y pulidísimas de mármol recibían cada vez más algo de luz y lo más sorprendente de todo es que los bordes o límites entre la oscuridad y la luz parecían estar ligeramente difuminados y moviéndose dulcemente a cada paso.
El arco de luz del fondo, que era la salida del pasadizo, empezaba a estar más cerca y lentamente empezó a mostrarse una imagen difusa en medio de la luz. No la distinguí bien al principio, pero poco a poco la empecé a reconocer, bailaba suavemente en la oscuridad, y creo que pocas veces he tenido una sensación tan maravillosa en mi vida. Se acercaba el gran momento, en medio de la terrible penumbra y a la altura de mis ojos, meciéndose en el horizonte en medio del arco, se aparecía suave y con encanto infinito el Taj Mahal, que se iba haciendo cada vez más grande y claro sin poder salirse del marco movedizo que eran las paredes del corredor.
De golpe, el pasadizo se acabó y tras las tinieblas se hizo la luz, el cielo azul rodeo mi cráneo y el Taj en todo su esplendor se me presento a la vista e instantáneamente otro guardia me sujetó el brazo y me apartó a un lado al mismo tiempo que pegaba un tremendo grito hacia el comienzo del corredor. Era la señal, y debía decir en hindi ¡el siguiente! Una vez fuera todo se calmó, había unos jardines que debían ser recorridos hasta acercarte a la edificación principal de la tumba más famosa de la tierra, una de las siete maravillas del mundo, construida en 22 años por 22 mil obreros según reza la leyenda.
He de reconocer que todo estaba perfectamente pensado, los gritos, las explicaciones, los movimientos bruscos de entrada y salida del pasadizo, todo, ya digo, tenía su plena lógica, pues la cola para ver el gran espectáculo era no ya larga, sino infinita. Pude acceder a tal increíble belleza por la pericia de un taxista que me convenció de que se podía hacer en un cambio de aviones: dormir tres horas en un hotel, que las pasé en vela, despertarme antes del amanecer, llevarme al Taj Mahal, que vería con las primeras luces, y estar una hora allí.
Después de haber oído otro grito, aún mayor que los anteriores, para que se pudiera comprobar la resonancia interior de la descomunal cúpula, al salir de la extraordinaria tumba y paseando alrededor, te encontrabas con la espectacular parte de atrás, donde se podía contemplar una gigantesca curva del río Jamani con la orilla sagrada y selvática de frente, y en la otra vera la ciudad de Agra con su grandioso Fuerte Rojo, del mismo estilo y tamaño que el de Delhi, dando al ancho y poderosísimo río.
Pero el taxista me había dicho que estuviera pendiente del reloj, a toda máquina debíamos ir al aeropuerto para tomar el avión a Jaipur o lo perdería. Allí estuve esperando nueve horas debido a una avería, hasta que finalmente pude embarcar. Todo esto se me ha quedado grabado como quizá el mejor de los muchos y fantásticos recuerdos de la India, que me hizo olvidar otros, entre ellos uno de trascendental importancia para esta historia.
Sigamos pues con la narración, ya que, aunque no lo parezca, estoy tratando de ceñirme solamente a los hechos relevantes. He empezado por algunos relativos a mi niñez y adolescencia únicamente para señalar mi extraña relación con Cervantes y el lugar de la Mancha. Ahora tengo que dar un salto en el tiempo y contar algo que me ocurrió teniendo ya 27 años, en uno de mis viajes de negocios por el Oriente Lejano. En los años intermedios había comenzado mis estudios de Ciencias Económicas, y estando ya casi finalizados me dieron unas tremendas fiebres musicales y comencé a estudiar solfeo y piano. En medio de todo esto tuve un puesto en el Rastro y posteriormente una tienda de objetos orientales que me hizo viajar a la India, Nepal y Tailandia, y también docenas de veces a Londres y Paris.
El suceso que tengo que contar ocurrió en el segundo de mis viajes a la India, en el que me propuse ir a Jaipur y volver a Benarés como sitios interesantes para hacer compras. Desde Agra me dirigí a la capital del Rajasthan, Jaipur, para ver el mercado de plata y algodón estampado o cualquier otra cosa que me pudiera interesar. Me alojé en unos bungalows turísticos que me habían, en mala hora, recomendado, y como llevaba casi dos días sin dormir caí en la cama como un plomo. A la mañana siguiente, completamente breado a picotazos de mosquitos de diversas clases y tamaños, salí disparado de allí. Tomé un taxi y me pasé casi todo el día buscando un hotel aceptable, que, después de recorrer toda la ciudad y alrededores, resultó ser uno que estaba a unos trescientos metros de los bungalows de donde había partido.
El hotel era muy bonito, se llamaba Rajasthan National Hotel y tenía un cierto aspecto colonial y muy serio, con un largo jardín medio selvático y una edificación también muy alargada de dos plantas donde estaban las habitaciones, todas con sus dos o tres salamandras de rigor para los mosquitos, lo cual me tranquilizó mucho.
Ya por la noche pude salir a cenar, tomé otro taxi y tras un corto regateo, me llevó a donde le había pedido, al mejor restaurante de la ciudad, aparte de correr menos riesgos con la comida sabía que no me costaría todo más de diez rupias, unas cien pesetas. No sé como pero entre los tres o cuatro platos que pedí uno de ellos era una especie de huevos duros con mayonesa, grave fallo mío. Este detalle es esencial en esta historia, pues aparte de quedar demostrada mi falta de habilidad pidiendo platos para cenar, lo que pasó fue que unas horas más tarde, en el hotel, donde ya había llegado algo revuelto y mareado, me empecé a sentir fatal. Tenía una descomposición de mucho cuidado, una especie de colitis, algo muy frecuente entre los turistas y otros estómagos no acostumbrados en la India. Recordé también que por la tarde, mientras buscaba hotel, en una parada no había podido resistir la tentación de beber un gran zumo de frutas variadas en un puesto callejero, y después había tomado un par de excelentes tes indios. Total, demasiado líquido en mi estómago que mezclado con la mayonesa fue como una bomba.
Así que me puse enfermo y no sabia qué hacer ni donde acudir, aparte de que esto me podía estropear todo el viaje y por tanto los negocios. Había comprado en Madrid unas pastillas para la colitis que me habían recomendado, y con estas decidí guardar reposo y relajar la comida y en un par de días me empecé a sentir algo mejor. Al tercer día ya me di un pequeño paseo por el largo corredor que distribuía las habitaciones con el jardín a un lado, llegué al comedor y me atreví a pedir un arroz blanco y algo de té, estaba hambriento y débil, me sentó muy bien y me volví a la cama.
Al día siguiente volví a repetir la misma operación, encontrándome ya mucho más fuerte y animado, aún así andaba todavía algo lento e inseguro. Con todo me fui a dar un paseo por el hotel, primero por el jardín, de donde me echaron los mosquitos, y luego por todo el corredor hasta el fondo, donde había una sala con sillería de mimbre y un par de mesitas. Allí estuve sentado un ratito mirando las fotografías en blanco y negro de las paredes, eran de ciudades y sitios turísticos del Rajasthan, una maravilla, desierto y agua a la vez. Al poco descubrí una puerta doble entreabierta que daba a un pasillo, y queriendo conocer los entresijos del hotel me metí a ver que descubría.
Empecé a recorrer una serie de galerías paralelas al corredor en el otro lado del hotel y también con un largo y mucho más estrecho jardincito muy cuidado y con muchas plantas y macetas preciosas y de lo más exóticas. Como no vi ningún obstáculo seguí una sala tras otra hasta que, totalmente perdido, llegué a una habitación enorme con un gran piano de cola de color madera, viejo y destartalado, con muchas teclas desconchadas, y con su taburete y todo, eso sí, lleno de polvo y con aspecto de abandono.
Como hacía pocos años que había comenzado mis estudios pianísticos, de una forma muy esporádica y poco seria, sentía dolor de conciencia de mi poca regularidad y constancia con el piano. Allí me acordé de mi piano vertical abandonado en Madrid y me hice promesas de retomarlo con más empeño a mi vuelta. El caso es que la situación me pareció perfecta para que, no viendo ni viéndome nadie, sentarme en el taburete y poner los dedos sobre el teclado y, no ocurriéndoseme otra cosa, debido a mi escaso repertorio, ponerme a tocar una obra muy fácil del Álbum de Anna Magdalena de Bach, que era por donde empezaban los pianistas parvulitos.
Así que con los dedos muy desentrenados me puse a tocar, por decirlo de alguna forma, el piano, que además tenía unas cuantas teclas que fallaban y el arpa estaba destensada de hacía años, sin alma ni espíritu. Resumiendo, que aquello sonó como sonó, que fue peor que mal, y, cuando debía llevar unos diez segundos aporreando las teclas, de pronto se abrió una puerta doble con gran estruendo y apareció un sij gigantesco y mal encarado, pegándome uno de los sustos más espantosos de toda mi vida. Me quedé paralizado y su terrible mirada me neutralizó por completo mientras yo permanecía firme, me había levantado de golpe según le vi entrar y dirigirse hacia mí.
Me preguntó quién era y qué hacía allí con cara de pocos amigos, y yo, mal que bien, titubeando y tartamudeando, finalmente me rehice y traté de explicarme todo lo más razonablemente posible. Los primeros momentos, lo reconozco, los pasé temblando, pues debía medir unos dos metros y pesar 150 Kg., un tío tremendo. Pero al final estuvo bastante correcto, dentro de lo que cabía, y profesional, porque como luego supe era una especie de guardaespaldas que acompañaba a alguien importante, un viejecito que apareció detrás de él con una extraña sonrisa y que a poco de empezar el interrogatorio del sij lo interrumpió con un "Where are you from?". Tras mi respuesta sonrió, como si lo hubiera sabido de antemano y se dirigió a mí en un magnífico español con fuerte acento argentino, "tranquilízate, no pasa nada", e hizo que el gigante se calmara. Yo me sorprendí aún más, no me esperaba que me hablara en mi idioma y menos que la situación se relajara como por arte de magia. En seguida me di cuenta de que sus gafas de sol eran debidas a una ceguera, pues el sij le tomó su brazo para acercarle hacia mí.
El viejecito era de lo más simpático, tenía un habla muy gracioso y elegante. Al enterarse que no estaba muy sano me invitó a pasar a un salón muy cómodo con unos sofás y una mesita. Se llamaba Jorge y también estaba allí por un problema de salud, yendo hacia Japón se había sentido muy mal y ni siquiera había podido llegar a Delhi, teniendo que bajar en la escala de Jaipur donde llevaba seis días descansando y tomando fuerzas. Quería saber cómo había ido a parar a la India y le gustó la descripción que le hice de las mercancías que andaba buscando.
Le interesó el boom del algodón estampado, y especialmente una historia de un comprador de plaquitas de marfil policromado con escenas del Kamasutra, típico de Jaipur, que tiene un museo fantástico de antiguas miniaturas eróticas de marfil. Se había encontrado con la prohibición, desde ese año, de exportar marfil en todo el mundo, así que le ofrecieron las mismas escenas pero en un simulacro de papel antiguo que agujereaban y amarilleaban envejeciéndolo, mojándolo y dejándolo secar al sol, tarea a la que se dedicaban estudiantes de la Universidad de Jaipur.
Pero una vez metido en el encargo, con los adelantos pertinentes abonados, se había encontrado con un regateo continuo sobre el grado de calidad y credibilidad del proceso de envejecimiento. Si lo quería con los bordes algo rotos o carcomidos, tantos dólares, sobados por miles de dedos a lo largo de la historia, otros tantos. Pero de lo que él más se quejaba era de los pocos agujeritos imitando carcoma que se veían en la mayoría de las hojas, es que eso es lo más laborioso de todo, le explicaban, lleva mucho tiempo, y le pedían más dólares, que siempre eran preferidos a las rupias y a cualquier otra moneda. Así que en la espera se había ido de excursión a Udaipur y Jodpur, ciudades cercanas cuya descripción me dejó maravillado, y finalmente a Agra. Me acuerdo que en el hotel, viendo las fotografías de Udaipur, quise también visitarla, cosa que no pudo ser, pero juré que algún día lo haría, lo cual ahora me hace gracia por su improbabilidad.
El caso es que aquel comprador volvía a recoger su encargo de hojas supuestamente arrancadas de libros antiquísimos, con sorprendentes escenas eróticas de dudosa belleza y calidad, y con el agujereo y las marcas siempre por los bordecitos, según cláusula del contrato. Me había tocado de compañero de viaje en el avión y me había enseñado algunas que llevaba en el libro que simulaba leer, me pidió mi opinión de mercader sobre si aquello colaría en Ibiza, que era donde se movía. Pero estaban bastante frescas y chillonas como para decir que aún se las notaba calientes, y a la regularidad de las quemaduras y esquinas desaparecidas se añadía la de los bloques de agujeritos hechos en serie, además ¡carcoma en papel, cuando se ha visto! no sabía que cara ponerle, así que le animé malamente, se hundió en un mar de dudas, y, en venganza, me recomendó los bungalows turísticos.
El tal Jorge era de lo más charlatán y estuvimos hablando mucho tiempo, era muy bromista y me preguntó como había destrozado a Bach tan bien. Le hablé de mi debilidad en la constancia de la práctica pianística, mi vocación tardía y el estado del piano, todo lo cual no había impedido que acertara el compositor, le apunté, pero se reía. Más gracia le hizo cuando le hablé de mis fiebres wagnerianas, contándole que hasta me había apuntado a una revista catalana, llamada Montsalvat para tratar de estar a al última, y ya había asistido a las tres primeras operas de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos, quedándome sólo la última, y además conocía el Tristán y el Thanhauser. También le conté que me había leído la correspondencia de Mozart, y su biografía por Stendhal, cosa que le llamó la atención y de lo que hablamos un rato. Se sorprendió mucho cuando le dije que había leído a Proust, pero bajé puntos al saberse que lo había hecho en una traducción, volví a subir cuando le hable de Thomas Mann como uno de mis favoritos, y mis comentarios sobre los Buddenbrook y las generaciones parecieron gustarle.
Hablamos de Monsalvat y la leyenda del Santo Grial, la búsqueda del monasterio perdido y toda esa mitología, pero de lo que más charlamos fue de la India y de Jaipur, que me pidió que le describiera, cosa difícil pues apenas había visto la ciudad desde el taxi. Aún así me había dado tiempo para ver un momento el exterior del Hawa Mahal, el palacio de los vientos, y le describí como sólo era una pura fachada, pero maravillosa a más no poder, hecha para que las huríes del harén pudieran ver lo que pasaba por la calle y no estar tan aburridas. Le conté como toda la ciudad era de color rosa, pues es llamada la Pink City, al igual que Marraquech, y como en los tejados de las casas era fácil ver grandes águilas del desierto. Finalmente, después de más de dos horas de charla, nos despedimos y quedamos para el día siguiente.
Dormí bien y al levantarme comprobé como me estaba recuperando y mejoraban mis fuerzas, así que ya me atreví a pedir un café en el desayuno, e incluso tomé unas tostadas con mantequilla y mermelada. Tras esto me fui a dar un paseo hasta las estancias de mi nuevo amigo, donde al poco de anunciarle mi llegada apareció sonriente, él también parecía recuperarse de su salud. Volvió a aparecer un servicio de té sobre la mesa y continuamos la charla. Esta vez quiso saber qué había leído de literatura española y tras dejar constancia de mi escasez de lectura de autores latinoamericanos, "Cien años de soledad" y poco más, empezamos a hablar de Galdós y Baroja. El caso es que la conversación derivó hacia Cervantes, donde quedé muy bien diciendo que me había leído el Quijote ya de pequeño, y a él ni se le pasó por la cabeza que podía tratarse de un quijotin, y enseguida pasó a hablar del libro con grandes elogios y mostrando mucho entusiasmo. Me habló de un viejo amigo suyo, muerto hacía muchos años, que se había vuelto loco con el Quijote y sus misterios, especialmente con el convencimiento de que el lugar del que no había querido acordarse tenía que existir o responder a algo. Así que pueden imaginarse cómo se me abrieron los ojos, no pude resistir la tentación de hablarle de Cózar y Sanabria, mis viejos secretos, pero se lo conté a modo de anécdota sin importancia y como cosa poco seria, sin intentar engañarle o inflar excesivamente el asunto. Dio igual, fue él el que lo infló, pues le pareció importantísima la información y me pidió todo tipo de detalles.
Así que me vi haciendo una descripción de las tacillas y las ruinas y fortunas que rápidamente podían generar. Me dijo que su amigo francés, se refería a él llamándole "el pobre Pierre", se había pasado años buscando pistas sobre el posible lugar no recordado de la Mancha, hasta el punto de haberse ido allí a vivir. Comentó que no era el único caso de obsesión con los misterios cervantinos, pues había habido dos o tres casos conocidos de gente que se había obcecado con estos temas. Pero lo de su amigo Pierre le había impresionado muy especialmente e incluso lo había llegado a escribir en una pequeña narración, escondiendo de alguna forma una historia cierta en medio de muchos cuentos ficticios. Era como ocultar una verdad camuflada entre muchas mentiras, me dijo, y que así pareciese una mentira más, pues no hay mayor fuente de invención que la misma realidad.
Casi toda la charla de aquella mañana giró en torno a su amigo y su locura, pues Jorge se había emocionado mucho recordándole. Me contó que en la última conversación que tuvo con él en Paris, éste se había mostrado muy esquivo y paranoico, como si supiera algo y no quisiese revelarlo, pero dando a entender que tenía información interesante y que tenía que trabajar en la investigación de muchos datos. Todo está oculto en el Quijote, hay que leerlo con atención, le dijo su amigo, se trata de adivinanzas con la solución escondida entre las letras. Pierre estaba preparando un libro sobre esto, pero se mostraba misterioso y poco comunicativo, hay que tener paciencia, decía, se necesita trabajar mucho y hacerlo seriamente.
El caso es que se mostraba muy apasionado con el tema y opinaba que el Quijote había que escribirlo de nuevo, teniendo en cuenta estrictamente, palabra por palabra y letra por letra, lo que Cervantes había dejado escrito en el original. Jorge le había preguntado si había podido llegar hasta el manuscrito original, pero Pierre dijo que eso era imposible, pues lo más probable es que Cervantes lo hubiera quemado o destruido, para que no existiese ninguna prueba ni conexión entre el trabajo de composición y el libro en su edición final, todo ello preparado, con mucho cuidado de forma calculada y concienzuda, sin duda, por el mismísimo Cervantes. Esto le había intrigado mucho a Jorge, y más cuando su amigo le dijo que parte de sus trabajos también los quemaba, para que no hubiera conexión entre los resultados obtenidos y los estudios que realizaba para llegar a ellos. La conclusión que Jorge había sacado de tanto misterio y desmesura pirómana es que su amigo, que ya estaba muy anciano, se había vuelto completamente loco con unas imaginadas pistas del lugar.
Más adelante había tenido algunas noticias por un par de cartas suyas desde un pueblo de la Mancha, donde se encontraba a pesar de la guerra civil, y también se comunicaba con otro amigo común en Toulouse. Finalmente contó que tiempo después había recibido un paquete con sus cosas y una nota que informaba de su muerte repentina unos meses antes. Había intentado descifrar sus apuntes, pero la vista entonces ya le empezaba a fallar, su letra era minúscula e ilegible y lo poco que pudo analizar le había resultado demasiado difícil de entender por las inexplicables letras y signos que utilizaba. Insistió en convencerme que yo era la persona ideal para ver si sus pistas eran interesantes o no, y que debía analizar el contenido del paquete pues a él le resultaba ya imposible. A todo dije que si, pero por dentro estaba pensando que a mí todo eso me importaba muy poco y no me quería meter en ninguna complicación.
Tras un paréntesis hablando de otras cosas me anunció que se sentía muy recuperado y que probablemente se iría al día siguiente de la ciudad, así que me pidió mi dirección en Madrid y me dijo que contactaría conmigo en cuanto pudiera, y así nos despedimos, para siempre, pues no le volví a ver nunca más. Yo todavía me quedé algunos días, y recuperado finalmente no solamente hice bastantes buenas compras sino que también me dio tiempo a visitar el palacio de Amber, el observatorio astronómico y el palacio del maharajá, así como el barrio del aeropuerto, donde se veían secar al sol las telas de algodón estampado, uno de los objetivos de mi viaje. Más tarde fui a Benarés a por sedas e instrumentos de música y finalmente a Delhi, donde después de un mes en la India volví a Madrid.
Durante un par de años me fue bien en los negocios, aunque la tienda se iba convirtiendo poco a poco en una tienda de ropa más que de objetos de regalo. Pero aparecieron las campañas de la Semana de la India en el Corte Ingles, y las cosas me empezaron a ir de mal en peor, hasta tener que cerrar la tienda para dedicarme a otras historias.
servido por pierre-menard
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20 Febrero 2009
CAP. II . DONDE APARECE EL GALGO DEL AUTOR Y OCHO BOLAS MÁGICAS QUE ACABARON ARRUINANDO A UN TAL CIPIÓN Y A CIERTO LEGO FANFARRÓN.
Tenía el sobredicho pueblo un castillo en lo alto de la montaña al que se accedía subiendo la cuesta de su calle mayor y en el que jugaba entre sus almenas todas las mañanas, antes de ir al río a bañarme. Estaba imbuido en aquellos tiernos años por el espíritu del Príncipe Valiente, película que me había causado mucha impresión, además del Guerrero del Antifaz, el Capitán Trueno, y sobre todo el Jabato, cuya colección hacía, y un libro que había leído despacio y con mucha paciencia, el de Amadís de Gaula. Incluso me había hecho una espada de madera y una capa, y de tal guisa me pasaba las mañanas dando mandobles al aire defendiendo el castillo de siniestros enemigos, intrusos o esbirros que pretendían apoderarse de él.
Héteme aquí convertido en el más valiente caballero, con princesas y todo, no podía pasármelo mejor ¡que tiempos! Recuerdo que no me habían dejado traer de Villalpando mi otra espada y me tuve que hacer una allí. Con una tablilla larga y otra corta y una punta, quiérese decir un clavo, me hice una bien buena, sólo que los dos palos se movían con el entusiasmo de mis peleas, teniendo que recolocar continuamente la posición de la tabla corta, lo cual era una lata que interrumpía constantemente mis batallitas. Conseguí al poco otra punta y con dos no se volvió a mover, sólo que, al dar el golpe en la juntura, la cruz se meneó un poco, quedando ligeramente torcido el eje de coordenadas, lo cual me molestó mucho. La torre, el paisaje y mi no muy perfecto eje de coordenadas tienen cierta importancia premonitoria en la orientación y desorientación de esta historia, pues allí comenzó su deriva.
Cierto día que estaba en el castillo esperando que se formase la expedición para bajar al río, mientras organizaba las defensas y presto al combate, llegaron mis padres con nuestros anfitriones para contemplar el magnífico paisaje que desde allí se divisaba, el río y el puente abajo, y una colección de montañas y valles todo alrededor. Por allí está Portugal, muy cerquita, y por aquí al norte, contaban, casi se divisa un pueblo que era el único en España que se llama Cervantes, y, además, en el pueblo de al lado es muy frecuente el apellido Saavedra. Decían todo esto con mucho orgullo y dándole mucha importancia, pues era señal de que ese tal Cervantes tenía que proceder de por allí y que cierto lugar de noseque mancha tenía que ser ese, y así me lo recalcaron como algo a saber y recordar.
Pero ya he contado todo lo que necesariamente tenía que decir de mi corta estancia en Puebla de Sanabria. Luego, los siguientes años fueron para Galende, cerca del lago de Sanabria, al que se tomó tal afición que incluso las idas allí se combinaron con el nuevo pueblo al que, tras veinte años en Villalpando, había sido destinado mi padre. Era éste Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real, y cerca, a treinta Km. del celebérrimo Valdepeñas, pero antes tengo que aclarar que todo esto significó un cambio de ciudad, pues Zamora fue sustituida por Madrid, adonde llegué con ocho años y hasta ahora.
La llegada a la gran capital del reino y la instalación en la Glorieta de Embajadores supuso que empezara a estudiar en un Instituto de Enseñanza Media que estaba en la misma glorieta, en lo que fue la vieja facultad de veterinaria donde había estudiado Pío Baroja, y que se llamaba ¡que casualidad! Instituto Cervantes. Así pues, para ir al cole no tenia más que llegar al otro lado de la glorieta, corto viaje. Allí empecé haciendo preparatoria para el ingreso, luego venia "ingreso", y después hice allí los cinco primeros cursos de bachillerato.
Pero lo que atañe a esta historia se refiere a mi primer año allí, en "preparatoria", donde con mis ocho años tuve que demostrar mis dotes con la lectura. Y fue esto debido a que nada más entrar en esas aulas el maestro Pita, el de semiparvulitos, nos mandó comprar a todos un libro que había de ser leído y comentado en clase.
Se trataba de un libro pequeñajo y de pastas verdosas, en cuya portada se encontraban dibujados aquellos dos extraños personajes, uno alto y flaco y el otro bajo y gordo, que ya había conocido en la misma estampa y postura en una estatua inmensa que se podía ver en la Plaza de España, en medio de los dos únicos rascacielos que tenía Madrid entonces, y que ya había visto en mis primeros días en la ciudad. También estaba la estatua del tal Cervantes, que, entre lo que me habían dicho en Puebla y el instituto que me había tocado, era un nombre que ya me empezaba a sonar. El caso es que en la portada de ese pequeño libro, que era lo que se conoce como un "quijotin" o Quijote resumido, estaban aquellos dos señores de la estatua, igual, igual, y eran don Quijote y Sancho Panza, sobre su rocín y su asno respectivamente.
Todas las tardes, a partir de mediados de octubre, que fue cuando se consideró que había un libro por pupitre, pues no todos lo pudieron comprar, a la hora de la siesta teníamos sesión de lectura con dicho libro, lo cual era un martirio auténtico pues cada niño leía un poquito, hasta que se oía un golpecito de puntero del señor Pita, y se lo pasaba al siguiente con el dedo puesto donde continuaba la lectura, y así uno tras otro.
El primero que empezó fue mí compañero de pupitre, cuyo apellido empezaba por "a", como el mío, y tras leer, destrozando, la primera frase, me pasó el libro y yo destroce la siguiente: ...una o...o...olla... de algo...mas vaca... que car...nero, salpi...salpi...salpicón las más noches, due...los y que... y que... y que insoportable me resultó aquello. Finalmente acabé mi frase y otro tomó el relevo, otro suplicio. Y así niño tras niño, tarde tras tarde, semana tras semana, y tras algunos meses, que a mí se me hicieron años, conseguimos acabar el dichoso librito cuando el viejecito, el alto y flaco, el que se había vuelto loco dedicándose a la orden de la caballería andante creyéndose un héroe, se convertía en cuerdo y se moría por fin.
¡Qué aburrimiento pasé aquellas tardes! No entendí nada, ni yo ni nadie. Qué libro más plomo, qué rollo era leer así, sin comprender nada de nada, a pesar de que el maestro de vez en cuando trataba de orientarnos un poco y contarnos el argumento o situarnos en alguna de las innumerables historias que se narraban. Así, de la primera frase, en la que se hablaba de cierto lugar de la Mancha cuyo nombre decía no recordar, nos explicó que nadie sabía cuál podía ser este lugar, pero yo para mis adentros pensé que era el único de la clase que lo sabía, pues no podía ser otro que el Cervantes de Sanabria, pero sólo se lo dije a mi compañero en el recreo y no me hizo mucho caso.
La sensación general era que ese viejo libro era insufrible, y nos lo habían hecho leer sólo porque el nombre del autor era el mismo que el del instituto, así los del "Lope de Vega" tendrían que leer algo de este otro. Lo único bueno de todo esto es que se organizó una excursión a Alcalá de Henares, lugar donde había nacido Cervantes, y nos llevaron a su casa, que me gustó mucho, aunque después haya sabido que no es seguro que lo fuera.
Pero en definitiva el librillo me había parecido un tostón inaguantable que no tenía nada que ver con las aventuras del Príncipe Valiente o Amadís, mucho más divertidas. Lo mejor del libro es que era muy corto, aún así consideré que ya había tenido suficiente dosis de Quijote, que ya lo había "leído", no me había gustado y juré para mis adentros que no volvería a leer nunca más nada de Cervantes y a ser posible no saber más de él en mi vida, pues ya había cumplido sobradamente con esa "lectura".
En el siguiente verano, después de unas semanas en Galende, fuimos toda la familia a pasar los casi tres meses restantes de vacaciones al nuevo destino de mi padre, otro pueblo pero más grande e importante. En el coche, por el camino, iba oyendo explicaciones y características del mismo, mientras pasaba por primera vez en mi vida por Ocaña, o por Puerto Lapice, que alguien, y no se por qué, pronuncio Lapiche y a mí se me quedó esa "che" para toda mi vida en una especie de dislexia irrenunciable. Lo que se decía del nuevo destino es que tenia hasta dos cines en lugar de uno, pues debía de tener cinco o seis mil habitantes, creí oír, y su nombre, muy largo y rimbombante, era acortado allí, llamándose simplemente Infantes.
Era hecho notorio y conocido que Quevedo murió allí, lo que unido a ser el pueblo de Santo Tomás de Villanueva, glorioso joven que, según me contaron mis nuevos amigos, resistió las tentaciones de las bellas mujeres que su padre le metía en su habitación por las noches, a ver si se animaba y renegaba de convertirse en religioso, todo ello hacía que me pareciese un lugar con leyenda. Cuando llegamos se vio claramente que mi padre había subido de categoría ¡menuda plaza!, y señorío no le faltaba. Todo eran casas con escudos de piedra y muchas iglesias y conventos.
Enseguida lo recorrí los primeros días con la bici pequeña, que era la mía, calle tras calle y rincón por rincón, cumpliendo además una vieja manía que tenía, que era llegar a cada extremo de un pueblo hasta ver el campo y todas las salidas, que en este caso eran muchas. Las carreteras que salían de allí eran muy prometedoras, había mucho que explorar, pero tenía que crecer un poco más para que me dejasen ir de excursión. Mientras, en coche, se fueron realizando viajes a los alrededores, como a un sitio llamado Montiel que resultó ser una preciosidad y daba su nombre a toda la región, cuya capital era Infantes, y también daba su apellido a Sarita Montiel, la más bella y famosa del momento. Más lejos estaban las lagunas de Ruidera, que me parecieron bonitas, aunque viniendo de Sanabria y su lago no me impresionaron mucho.
En este pueblo pasé 6 o 7 veranos largos, larguísimos, casi todos enteros (un año las idas a Galende se acabaron), de casi cuatro meses, pues en aquella época las vacaciones estivales eran así, coincidiendo los finales con la vendimia, que era cuando se veían montones de tractores llenos de uvas por las carreteras, dirigiéndose a la nueva Cooperativa del Vino, en la salida de la carretera a Valdepeñas. Yo me había aprendido el truco, me lo habían enseñado los chicos del pueblo, de situarme con la bici detrás del tractor y gritar a las vendimiadoras ¡dame una uva, dame una uva! y enseguida alguna me tiraba un racimo y si tenía suerte y habilidad lo pillaba con las manos, si no, tenia que dar la vuelta y recogerlo de la carretera.
En esos años fui ascendiendo de bicicleta y de radio de acción. Fui muchas veces a Montiel, y la carretera de Valdepeñas o la de Villahermosa fueron también mis favoritas. Pero un año me aficioné a ir por la de Cózar, y más allá a Torre de Juan Abad, tratando de llegar hasta Villamanrique. Un reto, pues si me pasaba de la raya me veía obligado a volver de noche, sin luces y andando con la bici a un lado. Era una carretera más tranquila y sin tanto tránsito, y salía todos los días sin faltar después de comer, con la fresquita, que si se conocen los veranos manchegos es asunto de valor extremo y hasta de temeridad, pues el sol pica de lo lindo. Normalmente volvía al anochecer, justo a la hora del paseo por la calle mayor hasta el parque, y después de la cena a veces iba a uno de los dos cines, pusieran lo que pusieran, a comer pipas.
Pero otra vez me iba a encontrar, ¡que casualidad!, con Cervantes, pues a más leyendas el pueblo contaba con otra según la cual ese era el verdadero lugar de la Mancha de cuyo nombre, nadie sabía por qué, no había querido acordarse el autor. Se decía que sin duda era Infantes, que si por ser la capital del campo de Montiel, que si por los apellidos que había en el pueblo que aparecen en el Quijote largamente. En definitiva, era sentimiento y convencimiento general que ese lugar era la aldea de Sancho, y ¡cualquiera dudaba! Así pues se trataba de una villa cargada de historia por todas partes y llena de piedras vetustas, todo lo cual hacía que uno se sintiera en un sitio muy especial, una especie de atalaya cultural de la Mancha, no un lugar cualquiera.
Uno de esos años, no recuerdo cual, pero de los últimos que allí pasé, durante una larga tarde de siesta, convaleciente de unas fiebres muy altas que me habían dado, se me ocurrió preguntar a los Parra, pues vivíamos alquilados en las habitaciones de abajo de su casa, si había algo de cierto en cuanto a lo de este pueblo como "el lugar de la Mancha" del Quijote. Coincidía todo esto con una campaña turística iniciada poco tiempo ha, por la que toda villa manchega, sobre todo si estaba cerca de la carretera general, tenía que poner un gran cartel en las principales entradas del pueblo que dijese: "En un lugar de la Mancha...", y los puntos suspensivos indicaban que aquel cuya entrada había sido adornada con tal rótulo era o podía ser el citado lugar. También se habían remozado e incluso reconstruido algunos molinos de viento, que se veían al venir de Madrid, una vez pasado Ocaña a la derecha. Por lo tanto el tema estaba de moda y allí fardaban de ser inequívocamente el pueblo con más posibilidades de acertar en esta historia, tanto que los puntos suspensivos de cada cartel que veía cuando venía de mis correrías, parecían ser mejores puntos que los de los otros pueblos. Y hasta habría que quitar los rótulos de los demás, pues se adueñaban del único titulo verdadero que correspondía, para mis ojos infanteños, a nuestro pueblo, habiéndome casi olvidado del otro lugar en Sanabria.
Digo de los Parra que eran simpáticos a más no poder, y unas bellísimas personas los dos, pues eran padre e hija: Pedro, ya muy mayor, y Nati, que era un encanto, también con las sienes plateadas. Tenían una casa hermosa, típica manchega, en cuya parte superior vivían ellos y en la inferior mi familia. Yo les hacía muchas visitas, pues me llevaba muy bien con ellos, especialmente con Nati, a la que quería mucho. Una tarde, digo, sin saber por qué o por hablar de algo con ellos, pregunté a Nati qué podía haber de verdad en toda aquella historia del "lugar" e Infantes. Ella, prudente, me dijo que algo había, pero también que ¡vete tu a saber!, ¿quién lo sabía?, pero, a falta de otro mejor, Infantes ofrecía muchas posibilidades de que así fuese.
Algo así me dijo Nati mientras el padre rumiaba entre los dientes y negaba con la cabeza, como deseando decir alguna cosa, pero Nati, que debía saber qué es lo que quería decir el otro, le hacía callar suavemente como diciendo ¿para que le vas a decir eso al muchacho, si no lo va a entender? Pero Pedro me dijo algo, que no oí bien, y Nati se lo recriminó dulcemente, y entonces su padre, picado, lo dijo más alto y por fin pude entender que decía ¡Cózar!, ¡y tu que sabes! le decía Nati.
Pero sintiendo que debía darme una explicación de todo aquello, me dijo que su padre pensaba que Infantes no podía ser la aldea del Quijote y Sancho porque era villa demasiado grande, incluso en aquellos tiempos, con siete iglesias y muchos conventos que ya existían entonces, y que la verdadera aldea, si existía, sólo podría tener un cura y un barbero, y no muchos. Por todo ello pensaba su padre que Infantes no podía ser, pero sí Cózar, que estaba al ladito, diez Km. al sur, y mucho más pequeño, llamándose antiguamente Casas de Cazar porque había mucha caza. Todo lo cual, según Pedro, y a Nati se la notaba que en el fondo también le iba esta otra teoría, era más congruente y estaba más en consonancia con el "galgo corredor" que se mencionaba en la primera frase del Quijote. Además Pedro decía que lo de "de cuyo nombre no quiero acordarme"era porque quizá Cervantes, que era algo jugador, debía haber apostado a las "tacillas", juego único y típico de Cózar que podía mover mucho dinero, y que le habría ido mal, pues también tenía muy mala suerte en el juego, y debido a eso no querría acordarse de su nombre.
A mí, por las explicaciones que me dieron también me pareció que sin duda Cózar era más acertado que Infantes, y además tenía algo ese pueblo que me gustaba, aparte de una fuente de estupendisima agua en la que bebía siempre que pasaba sudoroso por allí, que era casi todos los días tratando de llegar a Villamanrique, mi pique de ciclista solitario. Fue lo de las tacillas lo que me convenció por completo por lo que después contaré. Porque de lo que más me acuerdo de esa tarde fue lo que pasó a continuación, y es que a mí me llamaron de abajo para merendar, así que me despedí rápidamente de ellos y salí de la habitación, pero cuando iba por el corredor hacia la escalera Nati salió también y me llamó, se acerco hasta mí y recuerdo que, acariciándome amigablemente la mejilla con una mano, me hizo prometer, más bien comprender, que no debía decir nada de aquello en el pueblo, pues "ya sabes como son en los pueblos, que todo se comenta", y sí se sabía que los Parra iban diciendo por ahí que Infantes no era el "lugar de la Mancha" habría habladurías. Así se lo prometí y cumplí fielmente, pues había entendido perfectamente lo que me quería decir.
Lo de "las tacillas", digo, era lo que más me había convencido, pues había jugado muchas veces a ese juego, ahora diré cómo. En las fiestas de Cózar, hacia mediados de Septiembre, en plena vendimia, se jugaba y apostaba, a veces mucho dinero, a las llamadas "tacillas". Estas consistían en dos agujeros enormes que había en el suelo, al lado de la iglesia en la plaza mayor, y que tenía cada uno la forma de medio enorme huevo de avestruz, siendo dos para que se pudiera jugar en dos sitios a la vez, pues se jugaba sólo con uno. El caso es que dentro de cada agujero, cuyas paredes eran de cemento y debían estar muy lisas para que corrieran bien las bolas, había una hendidura grande que se llamaba olla o cazo o cazoleta o algo parecido, y a los lados dos hendiduras pequeñas y alargadas. El juego consistía en tirar ocho bolas a la vez en la tacilla y se podían quedar en las hendiduras en cualquier combinación posible, pero lo único que contaba era el número de ellas que quedaba en la cazoleta grande, si era par ganaba la banca, esto es el que había tirado las bolas y apostado el dinero inicial, si eran nones ganaban los otros, los que habían aceptado la apuesta.
Yo nunca vi jugar allí, todo esto lo sé por las descripciones que me hicieron. Pero sí jugué con mis hermanos en casa, pues no se nos ocurrió otra cosa que hacer un agujero en una vieja guía de teléfonos, con sus ranuras y todo, y de dinero utilizábamos recortes de periódico y en vez de bolas tirábamos garbanzos. Yo me arruine varias veces, y al que le pasaba esto tenia que ir con unas tijeras y empezar a hacer más recortes de periódico. Recuerdo que en mi codicia y desesperación trataba de cortar más hojas de las que se podían, doblándose a veces las tijeras, y hasta me llegué a hacer una pequeña ampolla en la mano del afán con que me aplicaba para obtener más, volver y recuperarme, cosa que nunca pasó. Pero lo que se me quedo grabado fue la desagradable sensación de arruinarme una y otra vez, debía tener mala suerte, como Cervantes, según decía Pedro Parra, y por eso le había entendido tan bien que no quisiera acordarse del nombre de este pueblo.
Así que me quedé con esta cantinela del lugar de la Mancha, y si bien jamás lo comenté en Infantes, cuando no estaba allí, siempre que podía, presumía de saber cual era el auténtico lugar y aldea del Quijote, Cózar, de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes por lo que yo sabía o creía saber, y, por si fallaba, guardaba en la recámara el pueblo de Zamora. En cuanto se me presentaba una oportunidad lo soltaba, cosa que era rara, pero que fue en tres o cuatro ocasiones a lo largo de mi vida, con resultados varios, alguno de los cuales trataré de explicar en este libro y con las consecuencias que más adelante se verán. Casi siempre lo decía con total seguridad y certeza, tratando de despuntar de agudo, con mucho cachondeo por mi parte, pero poniéndome muy serio y grave para causar más impresión y por si colaba.
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8 Febrero 2009
CAP. I . DE CÓMO LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN TRIUNFÓ SOBRE LA SINRAZÓN DE LA RAZÓN, DEJANDO AL POBRE PIERRE HECHO UNA EQUIS AL NO PERCATARSE DE UNA SUTIL Y TRAICIONERA MANO ARÁBIGA.
Un minúsculo y sobado lapicero palpita entre los dedos de una mano anciana y temblorosa, repentinamente le hace escribir una frase en un andrajoso cuaderno y es obligado a subrayar machaconamente hasta siete veces lo que ha anotado:
Estos años eternos escribiré sin papel, el talento oye, Miguel Cervantes Saavedra.
Él era el talento que oía, el único que había conseguido leer sin papel al gran genio, además, este caso era muy especial, se trataba nada menos que de la despedida del gran genio a sus lectores y a la vida misma. La apoteosis de sus trabajos quedaba marcada por este momento grandioso del descubrimiento que había tenido la suerte y habilidad de hacer, no podía estar más regocijado y orgulloso por el logro que su gran esfuerzo había alcanzado.
Pensó en pegar los extraños caracteres que componían la vuelta a la bandeja de madera, para así inmortalizar lo que él consideraba ya una autentica comunicación con Cipión más de tres siglos después de su muerte. Sería una bandeja sagrada, intocable, ¡histórica!, la colgaría en la pared y le serviría de inspiración y consuelo en los momentos bajos de su sublime investigación, que eran muchos y demasiado frecuentes.
Remiraba una a una las letras para cerciorarse de que no hubiera algún fallo, alguna tontería en la que no se hubiese fijado, pero no, todas cuadraban gloriosamente cada palabra, y, felicitándose a si mismo, pensó que todos los sufrimientos pasados quedaban sobradamente compensados por tamaño hallazgo. El cual, sin duda, excedía largamente de lo que él había esperado y soñado durante tantos años, y así, feliz, se olvidó de los infinitos agravios y reveses que esa misma bandeja le había causado en anteriores aventuras.
Pero le estaba esperando el mismísimo Benengeli a la vuelta de la esquina. El astuto príncipe de los espejos le tenía reservada una de sus más ingeniosas jugarretas, sabía que sólo tendría que esperar un ratito y ... el muy incauto de Pierre, tratando de rizar el rizo, quiso pulir aún más la frase y, tomando sólo las doce letras de "el talento oye", después de unos pocos meneos formó otra que decía "y atento lo lee", que casi le pareció aún más bordada y perfecta que la primera. Así que releía una y otra vez :
Estos años eternos escribiré sin papel, y atento lo lee Miguel Cervantes Saavedra.
Aunque no le acababa de convencer, era mejor la primera, más brillante y auténtica, se decía mientras sus ojos recorrían las palabras, y algunas letras ya empezaban a temblar temiendo por su posición, eterna durante siglos, y efímera por momentos.
Cide, que le conocía bien, se regodeaba con la situación, sabía que más pronto que tarde la cuestión empezaría a enredarse, su mano esperó un poquito y ... los dedos empezaron a moverse, se oyó la fricción de los cartoncillos sobre la madera de la bandeja, y poco a poco empezaron a aparecer otras curiosas combinaciones, demasiadas para el gusto y humor de Pierre. Descubrió que con las mismas letras se podían componer nuevas variantes, tales como "ya lee el tonto" o "en total él oye", que le parecieron interesantes aunque no verdaderas, y así, tras un rápido análisis de la coyuntura anagramática de esa docena de letras, salieron a la luz hasta veinte posibilidades más.
Las dudas empezaron a corroer su inicial alegría, ya había profanado la bandeja sagrada y se daba cuenta de que se acabarían complicando las cosas. Temió que, como siempre, el éxito se tornaría primero en duda y luego en fracaso. Con todas las demás frases, cientos, miles, que ya tenía aparcadas para mejor ocasión, y ahora ponerse a perder su escaso tiempo con una sola, por muy última y significativa que fuese ¡con lo bien que le había quedado la primera!
Aún así, sus ansiosos dedos no pudieron resistir la tentación, se dirigieron hacia una de las atareadas letras y, atentando contra su posición, la buscó un nuevo oficio entre bambalinas y no sin un buen papel, y eso fue su perdición definitiva. Extendiendo el radio de acción al resto de letras de la frase completa le salió otra que incluía la palabra teatro, cosa para él muy reveladora, significativa y adecuada, y el lapicero, harto de su dictador, le escribió esta farsa:
En estos años eternos, sin un papel, yo, Miguel Cervantes Saavedra, le escribí teatro.
¡Fantástica!, pensó, ésta sí que es la verdadera, mucho mejor que las otras. Pero, viendo que la "ñ", además de para años, podía servir también para sueños, se lanzó por esta otra dirección y llegó a una nueva vuelta, que para sorpresa increíble resultó ser así:
¡Este sueño eterno! estas allí y ni tienes papel ¡socorro! Miguel Cervantes Saavedra.
No daba crédito a sus ojos, no podía ser, estaba soñando. Sin embargo la frase seguía ahí, en la misma bandeja, y esa era la demostración incuestionable de su existencia. Desconcertado, apartó la bandeja de su vista unos minutos, necesitaba meditar la estrategia a seguir.
Y aquí Hamete estuvo a punto de reventar de risa, dominaba hasta el último de los reflejos del espejo y conocía a todos y cada uno de los mareados grillos que, a miles, invadían la jaula que rellenaba la azotea de su ingenuo palomo. La trampa era perfecta, el cebo bien rico y apetitoso, el anzuelo ya había sido mordido, sólo tenía que tirar suavemente del sedal y ... el confiado pececillo retomó el tablero, observó detenidamente la posición de las fichas, ponderó los posibles movimientos y sus consecuencias, decidió seguir maniobrando y movió ficha.
Durante una hora no se oyó otra cosa que su dudoso talento, la agitación de sus peculiares cartoncillos deslizándose sobre la rayada palestra y su pequeño lapicero garabateando tornas en el sufrido cuaderno, en el que, para su desgracia, había ido anotando inquietamente cada una de las sorpresas con que a cada rato le regalaba una mano invisible:
Ya paso el sueño eterno en el cielo, por si están tristes, Miguel Cervantes Saavedra.
Si tiene suerte pasa años eternos en el cielo ¡por listo! Miguel Cervantes Saavedra.
Años eternos y sin papel, esto escribe Miguel Cervantes Saavedra, y leerlo atentos.
Si por suerte estoy en el cielo y le esperan tantos años, Miguel Cervantes Saavedra.
Estos años eternos, en el teatro y sin papel, y lo escribe Miguel Cervantes Saavedra.
Años eternos en el cielo, sin papel estoy triste, os verá Miguel Cervantes Saavedra.
Si por suerte estoy en el cielo y piensa leer tantos años, Miguel Cervantes Saavedra.
Soy sueño eterno, escrito sin papel, leer así es talento. Miguel Cervantes Saavedra.
Estos años eternos lee sin papel, irá escrito el viento. Miguel Cervantes Saavedra.
Si por suerte estoy en el cielo y sepan leer tantos años, Miguel Cervantes Saavedra.
Si pasa por el sueño eterno en el cielo, si resiste tanto Miguel Cervantes Saavedra.
El cielo, estos años eternos, y estar sin papel ¡reviento! Miguel Cervantes Saavedra.
Confuso, trató de reordenar su cabeza, pero se le había quedado la mente en blanco. Intentó que su talento escuchase algo, pero sólo percibió un débil silencio misterioso tras la mucha cera que habitaba sus oídos. Desesperado, clamó a las musas suplicando orientación, alguna pista o explicación a tal fenómeno. Éstas, calladamente, se apiadaron de él y le concedieron una tonta duda que inmediatamente empezó a pasearse por entre sus menguadas entendederas.
Repentinamente, los dedos comenzaron a deslizarse a gran velocidad, y, como si supiesen el camino, se lanzaron sobre las temerosas letras, señor se mudo con los años, eternos hizo renacer el estribo, puesto el pie salió de papel, gran muerte de Miguel, y rápidamente surgió una nueva vuelta, ¡ésta sí que era la verdadera! ¡la auténtica! la original de la que habían salido todas las demás, la que dicen que fue su última frase:
Puesto ya el pie en el estriuo, con las ansias de la muerte, Gran Señor esta te escriuo.
La observó largo rato, preguntándose qué era lo que ocultaba, qué habría querido esconder, cuál sería la verdadera vuelta clandestina.
Pero el loco de Pierre ya no atendía a razones, su manía obsesiva se había apoderado totalmente de él, y lo razonable era un abismo en el que no quería caer, prefería la sólida base de su segura locura al terreno pantanoso de una dudosa cordura.
Aunque todo era un mero juego, y, se pusiese como se pusiese, no hacía otra cosa que moverse entre arenas movedizas, o algo peor, pues se trataba de letras móviles hormigueando entre palabras correosas que pululaban y bailaban con frases escurridizas. Y todo por su obsesión perfeccionista, con lo fácil que era cortar una vez que conseguía una buena torna, pero, como siempre, por mera curiosidad daba una vuelta de tuerca más y lo estropeaba todo.
No era la primera vez que le había pasado, ni mucho menos, tras las vueltas inexorablemente venían las revueltas. De hecho éste es un ejemplo, uno más, de la tónica de los trabajos y estudios de este cándido erudito francés en su inútil esfuerzo por desentrañar los inexistentes enigmas en torno al Quijote y su autor.
Pierre, ya bastante acostumbrado, bien a su pesar, a estas bromas arábigas, había resuelto malamente este tipo de situaciones con una irreflexiva teoría, según la cual, cuando encontraba una sola vuelta es que hablaba Cipión, que así llamaba a veces a Cervantes, entonces el espejo sólo irradiaba una única imagen, la verdadera. Pero cuando las tornas eran muchas y, como en esta ocasión, no sabía cuál escoger por verdadera, en este otro caso decía que era Benengeli el que hablaba, el cual solía desconcertarle grandemente de manera asidua y sistemática, por lo que al final se veía obligado a dejar todo aparcado para mejor ocasión, y eso fue lo que hizo.
El azar puede hacer malas jugarretas a cualquiera que se interne en estos campos de los misterios que nunca lo fueron. La casualidad puede tener caprichos insoslayables, llevarte al frenesí de la verdad innegable y después, tranquilamente, dejarte caer en la más negra y ciega ignorancia. En el océano de las dudas, tras la tempestad del paroxismo venía la calma de la confusión y el desconcierto. Pero cuando uno se inventa un enigma donde jamás lo hubo, existe la posibilidad de encontrar una solución que nunca existió, y éste será el tema y asunto a tratar con motivo del comento y análisis de la extraña documentación, privada y nunca publicada, que de forma también casual llegó a mis manos.
Si bien, para narrar esta extraña historia, tan cierta como verdadera, es necesario que la empiece por el principio y, sobre todo, que no me deje ningún detalle por contar, siendo puntilloso en extremo, pues la curiosidad de su urdidumbre, más que su interés académico o científico, es su principal virtud.
En el propósito de destapar esta trama está también el ánimo por desterrar en lo posible ese afán por las aventuras esotéricas de la caballería anagramática y otras elucubraciones, estúpidas y mal fundamentadas, sobre la vida y personalidad de Cervantes que en los últimos tiempos se han venido formulando, tales como su supuesta homosexualidad o su judaísmo encubierto. No tienen en cuenta que del conjunto de su obra nada induce a pensar en tan interesadas hipótesis, más propias de oportunistas de alguna moda que ven mercado abierto, o de cabalistas trileros con alguna ocurrencia cuanto más descabellada mejor.
Todo tan falso como las extravagantes conclusiones que se extraen de estos documentos inéditos y sorprendentes que llegaron a mi poder. El cómo llegaron, cuando y porqué, es lo que a continuación voy a tratar de contar, ya que todo afecta a la difícil comprensión de esta historia, en la que los pormenores son fundamentales, sin poder dejar escapar el más mínimo y escondido detallito. Así, hasta las letras, todas y cada una, han de ser contadas y pasadas revista, y el orden que se ha de mantener ha de ser estricto en extremo, incluso las comas, o cualquier otra puntuación, han de ser consideradas y discutidas en cualquier pasaje.
Bien lejos de mi intención está contar el final de este cuento. Ninguna cosa puede ser más torpe y miserable que descubrir el pastel que se ha escondido trabajosamente página tras página. Nada hay peor que decirle quién es el asesino al que comienza a leer una obra de misterio, cuál es el secreto que se oculta tras un enigma laboriosamente invisible, ver en el trailer cómo al final llega el 7º de caballería y la pareja se besa, chafar alegremente, destripar con cara de listillo, sorprender cantando el contenido antes de abrir el paquete. Pero me veo obligado a anticiparles la solución de este caso, y descubrir torpe y miserablemente su conclusión: y ésta no puede ser otra sino que el pobre Pierre quedó más perdido aún de lo que había ciegamente empezado, y que jamás logró encontrar ni la más leve pista ni nada que le condujese a ningún lugar o resultado de algún interés, ¡ah! y también que al final Benengeli se salió con la suya.
Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos es aún más importante, más significativo para valorar esta traza y la máquina que la animaba, o para comprender el nulo alcance de lo que prometiendo mucho acabó en poco o más bien en nada de nada. Ésta es la historia de una extensa colección de fracasos sin paliativos, de un imposible sueño que parece ser eterno, pues cuando no hay uno es que hay veinte con la copla de los misterios cervantinos, una ilusión óptica que ha engatusado a muchos y hecho reír a más.
Pero aquí hay que decir que la investigación de este engendro ha estado relegada al ámbito de lo privado, no siendo Pierre culpable de su salida a luz. Pues el autor de estos documentos y estudios nunca los publicó y ni siquiera los pudo terminar, y es muy dudoso que los quisiera dar a conocer según se deduce de algunas de sus notas. Es pues la aplicación y el esmero de sus vanos esfuerzos y la irremediable inutilidad de los mismos lo que me mueve a comentarlos y presentarlos al ocioso lector.
Olvidémonos ahora de las frases, de sus necias vueltas y de sus inoportunas revueltas, dejemos a un lado a Cide y a Cipión, descansen tranquilas las letras en cajas y bandejas, esténse los dedos quietos y las palabras en calma chicha, pasemos llanamente a los datos históricos que conforman y afectan a esta desatinada y compleja historia. Vayamos raudos y directos al comienzo de la narración de los hechos más relevantes, aunque para esto deba remontarme algo más de medio siglo ¡como pasa el tiempo! y volver a recordar sucesos de mi infancia en Zamora y en concreto algunos de los que acontecieron en un lugar, de cuyo nombre sí quiero acordarme, Puebla de Sanabria, donde llegué a pasar un mes de cierto verano.
servido por pierre-menard
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6 Diciembre 2008
En un lugar de la Mancha, Madrid, hacia octubre de 2005 descubrí algunas letras escondidas en la E capital con la que se da comienzo a la narración del Quijote. Había estado observando detenidamente esa E de “En un lugar de la Mancha …” que aparecía en el facsímile de las princeps que ese año, por ser el 4º centenario, podían ser contempladas a través de Internet en la Biblioteca Virtual Cervantes, donde mejor se veía era en la edición de 1608, en las otras estaba algo borroso. Esas letras eran una A, una R y una U, tardando muchos meses en descubrir la D que me faltaba para completar una sospecha que tenía al interpretar la profecía del barbero, no el de la bacía sino el otro.
Se trata del episodio (Cáp. XLVI, Q-I) del enjaulamiento de don Quijote y la profecía que pronuncia el barbero para tranquilizarle y hacerle ver que esta encantado, para que así no intente escapar y considere todo cosa de encantamiento:
¡O Cauallero de la Triste Figura, no te de afincamiento la prision en que vas, porque assi conuiene para acabar mas presto la auentura en que tu gran esfuerço te puso! La qual se acabará quando el furibundo leon manchado con la blanca paloma tobosina yogiren
en vno, ya despues de humilladas las altas ceruices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldran a la luz del orbe los brauos cachorros que imitarán las rumpantes garras del valeroso padre. Y esto sera antes que el seguidor de la fugitiua ninfa faga dos vegadas la visita de las luzientes imagines, con su rapido y natural curso.
Había llegado a sospechar que en este pasaje se podía encontrar una de las claves de toda esta historia si se tomaba al pie de la letra eso de acabar la aventura, pues se dice “assi conuiene para acabar mas presto la auentura en que tu gran esfuerço te puso! La qual se acabará …”. Pensé que quizá era una señal de Cervantes para resolver el enigma, y consideré que la clave de todo consistía en interpretar correctamente lo que el autor quiere decir ocultamente en el párrafo:”quando el furibundo leon manchado con la blanca paloma tobosina yogiren
en vno, ya despues de humilladas las altas ceruices al blando yugo matrimoñesco;”. Al ver un león en este punto no pude por menos que relacionarlo con el león de la portada, el león dormido con los ojos abiertos, bajo el cual está escrito ese SPERO LUCEM POST TENEBRAS.
Se trata de un error de principiante, lo reconozco, pues la portada del Quijote era una marca muy usada en todo tipo de libros por la imprenta de Juan de la Cuesta, cosa harto conocida, sin relación directa con el libro de Cervantes, al que le cayó esa portada como a muchos otros, incluidos algunos de él mismo, como “las novelas ejemplares“. Aun así éste pudo utilizar esta portada para que siendo relacionada con una profecía diera una de las claves del enigma del lugar. En la portada de sus princeps se puede observar a ese león dormido pero con los ojos abiertos y a la izquierda y en la parte superior una nube de la que sale un brazo de un cetrero sobre el que está posado un ave de presa, presumiblemente un halcón, con la cabeza encapirotada y siendo desconocido si duerme o está despierto, si tiene los ojos abiertos o cerrados, pero en cualquier caso a oscuras.
Podría pensarse que mientras uno está dormido con los ojos abiertos el otro esta despierto con los ojos cerrados, así el lema que circunvala el escudo, spero lucem post tenebras, no aclara cuál de los dos está esperando salir a la luz tras tantos tenebrosos siglos aguardando una supuesta presa.
Lo que era un enigma para mí era la relación que podía tener la portada con la profecía del barbero, pero recordaba haber leído algo parecido en algún sitio, quizá en los versos de Urganda la desconocida, los primeros tras el prólogo.
No puedo por menos que sorprenderme de la cantidad inmensa, por no decir la casi totalidad, de comentaristas de este prólogo del Quijote que interpretan poco menos que al pie de la letra lo que en él se dice y se cuenta. Destacan lo pobrecito que es el autor que no tiene a nadie importante que le escriba unos versos al comienzo del libro, tal y como dice que se solía hacer, vean cómo se queja:
Solo quisiera dartela monda, y desnuda, sin el hornato de Prologo, ni de la inumerabilidad, y catalogo, de los acostumbrados Sonetos, Epigramas, y Elogios, que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te se dezir, que aunque me costô algun trabajo componerla, ninguno tuue por mayor, que hazer esta prefacion que vas leyendo. Muchas vezes tomé la pluma para escriuille
, y muchas la dexè, por no saber lo que escriuiria: y estando vna suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete, y la mano en la mejilla, pensando lo que diria, entrò a deshora vn amigo mio, gracioso, y bien entendido. El qual viendome tan imaginatiuo, me preguntô la causa, y no encubriendosela yo, le dixe, Que pensaua en el Prologo que auia de hazer, a la historia de don Quixote, y que me tenia de suerte que ni queria hazerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble cauallero…
Digo, e insisto, que no entiendo como no he leído ninguna observación acerca de la inmensa ironía que encierra. Se trata de una pura argucia monda y lironda donde se miente, se finge, más que otra cosa, una excusa para que el amigo gracioso que entra en escena haga una reflexión sobre el falso ornato que acompañaba a otros libros y cómo se puede inventar uno casi todas las cosas en una novela, incluidos los versos
“que al principio de los libros suelen ponerse”.
Y todo porque esos versos los va a poner él mismo, tal y como tiene planeado desde que empezó a componer su obra. Esos versos son importantes para él por algún motivo y urde este subterfugio de lo pobrecito que es y cómo le salva el ingenio de su amigo que le da la idea de hacerlos él mismo. ¿No cuenta que sólo quisiera dártela “… sin el hornato de Prologo”? y lo dice en el mismo prólogo que está escribiendo. Todo truco, claro que tenía quien le escribiera unos poemas introductorios, le sobraban amigos poetas, tal y cómo después se verá obligado a poner, tal que:
Tambien ha de carecer mi libro de Sonetos al principio, a lo menos de Sonetos, cuyos autores sean Duques, Marqueses, Condes, Obispos, Damas o Poetas celeberrimos. Aunque si yo los pidiesse a dos, o tres oficiales amigos, yo se que me los darian, y tales, que no les ygualassen los de aquellos que tienen mas nombre en nuestra España.
En fin señor, y amigo mio, prosegui, yo determino que el señor don Quixote, se quede sepultado en sus archiuos, en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan,…
Puro cuento, en el Canto a Calíope de su Galatea cita docenas de poetas y demuestra tener vastos conocimientos de quien era y no era en el ambiente literario de la época, y muchas descripciones nos lo muestran cómo alguien especialmente simpático y bien relacionado con todos. Al contrario de lo que se suele decir por muchos comentaristas para explicar que su carencia de amigos le obliga a escribir ese prólogo lamentándose y esos versos por no tener quien se los haga. Puro cuento.
Estos versos que siguen al prólogo y que anteceden al comienzo desmemoriado del texto tienen una importancia indudable, aquí sí que se ha de decir que no hay nada escrito por azar en el Quijote:
Al libro de don Qvixote de la Mancha
Vrganda la desconocida
Si de llegarte a los bue- (nos)
Libro fueres con letu- (ra)
No te dira el boquirru- (bio)
Que no pones bien los de-. (dos)
Mas si el pan no se te cue- (ce)
Por yr a manos de idio- (ta)
Veras de manos a bo- (ca)
Aun no dar una en el cla- (vo)
Si bien se comen las ma- (nos)
Por mostrar que son curio-. (sos)
… …
Y al final consiguiendo la blanca paloma tobosina, a fuerza de brazos, pues ¿no es verdad que aparece un brazo?, el izquierdo de alguien, sosteniendo un halcón encapirotado:
Alcançò a fuerça de bra (zos)
A Dulzinea del Tobo. (so)
No indiscretos hierogli (ficos)
Estampes en el escu (do)
Que quando todo es figu (ra)
Con ruynes puntos se embi. (da)
Si en la direccion te humi (llas)
No dirà mofante algu (no)
Que don Alvaro de Lu (na)
Que Anibal el de Carta (go)
Que Rey Francisco en Espa (ña)
Se quexa de la Fortu. (na)
Mas me daba cuenta de que estaba avisando el autor precisamente de la relación inexistente entre la profecía y los hieroglíficos de la portada, dibujos o caperuza, con estos versos:
No te metas en dibu (jos)
Ni en saber vidas age (nas)
Que en lo que no va ni vie (ne)
Passar de largo es cordu. (ra)
Que suelen en caperu- (za)
Darles a los que grace- (jan)
Mas tu quemate las ce- (jas)
Solo en cobrar buena fa- (ma)
Que el que imprime neceda (des)
Dalas a censo perpe- (tuo)
Y siguiendo la dirección contraria a la que dicen, sí me metí en dibujos, y en saber vidas ajenas, y si me dicen que pasar de largo es cordura, elijo la locura y no paso, sino que lo interpreto como una clara invitación a quedarme y hurgar en todo esto. Y la caperuza, ¿no lleva el halcón una?, y eso de imprimir necedades ¿no es sandio todo esto? . Y lo de humilladas las altas cervices ¿qué puede querer decir?, ¿quién habrá de humillarse, el león o lo paloma? Todo esto puede parecer baladí pero esa pregunta significó mucho trabajo para mi, que gasté hoja tras hoja haciendo innumerables combinaciones de inauditos consorcios de leones y palomas, y hasta halcones. Había estado colocando las letras de león para arriba y para abajo, dirigiéndose a las letras de paloma, cruzadas en la “o” y en la “l”, letras comunes a ambas palabras, que se cruzaban tratando de yoguir en el blando lecho matrimoñesco. Montones de ensayos quitando la paloma y poniendo un halcón, cosa inaudita, siempre cruzándose en la “o” y en la “l“, únicas letras entreverables. Busqué relación con la palabra cetrería y derivados y también lo había intentado con Dulcinea, y hasta con la mano y el brazo que salen entre las nubes y con la caperuza que quitaba la luz al pájaro oscuro y nada blanco. Se puede decir que lo intenté todo.
Un día volví con otra idea. Pues habiendo leído otro párrafo de la segunda parte del Quijote (QC Cáp. 30), este de aquí:
Llegóse más, y entre ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén o hacanea blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un sillón de plata. Venía la señora asimismo vestida de verde, tan bizarra y ricamente, que la misma bizarría venía transformada en ella. En la mano izquierda traía un azor, señal que dio a entender a don Quijote ser aquella alguna gran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era la verdad, y, así, dijo a Sancho:
Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor que yo el Caballero de los Leones besa las manos a su gran fermosura y que si su grandeza me da licencia, se las iré a besar y a servirla en cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta …
Pero me encontré con lo que llegué a considerar otra nueve pista al respecto, se trata de un pasaje en el Quijote de 1615 al final de la dilatada aventura de Clavileño, en el que en una nueva profecía se vuelve a hablar de la blanca paloma y de los pestíferos girifaltes que la persiguen, de los que se verá libre cuando Sancho se dé los azotes estipulados, tras los cuales quedará la paloma en los brazos de su querido arrullador, tal y como ordena Merlín, pero vean cómo se explica esto en el libro :
CAP. 41.-Q-II.- Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de las dueñas ya quedan lisas, y mondas, y los Reyes don Clauijo y Antonomasia en su pristino estado, y quando se cumpliere el escuderil vapulo, la blanca paloma se vera libre de los pestiferos girifaltes que la persiguen y en braços de su querido arrullador, que assi estâ ordenado por el sabio Merlin protoencantador de los encantadores.
Pero qué quiere decir eso de “en los brazos de su querido arrullador”, ¿tiene que ver algo con los brazos?, y lo de “arrullador”, ¿es que el león se convierte en palomo? Y qué me dicen de los pestíferos gerifaltes que persiguen a la blanca paloma ¿se verá finalmente libre de ellos y en brazos de su amado?, ¿se trata de un girifalte en vez de un azor o un halcón?.
Un día llegó una inspiración especial, se me ocurrió, en malahora, la posibilidad de que si la blanca paloma tobosina no fuera definitivamente otra cosa que su mano izquierda, caso ya visto, ahora había decidido que ésta también puede ser llamada la zurda, cual también había visto que Sancho oyó que el ventero se llamaba Juan Palomeque el Zurdo, con su algo de paloma y todo. Demasiadas coincidencias, debí pensar. Y hete aquí que en uno de sus ensayos de inaudito consorcio no se me pasó otra cosa por mi entreverada cabeza que poner la siguiente figura, con león, humillándose inauditamente al revés, y todo:
L
E
O
T U R D A
Así pues las letras encontradas en el E capital con la que comienza el Quijote coincidían también con esa U R D A conseguida por esta otra vía.
Era también una posible explicación de ese prólogo con esos recovecos para poder empezar con los versos de URganDA la desconocida, todo se presentaba como una posibilidad, una hipótesis basada en sospechas con fundamentos bastante firmes. Pero se necesitaba algo más, revisar todo el texto del Quijote y aun todo los textos cervantinos, por si éstos podían aportar más pruebas a favor que apuntalaran esta teoría.
Decidí entonces analizar la situación desde otra óptica: el texto del Quijote y su relación con un pueblo llamado Urda a 35 Km. al noroeste de Puerto Lapice, cercanía que pudiera explicar muchas cosas.
Repasé detenidamente todo lo referente a las salidas y llegadas de don Quijote, así como cualquier referencia a la aldea de la Mancha en cualquier lugar que pudiera encontrar, cosa que me llevó mucho tiempo. Así como cualquier otra dato en otros libros del mismo autor y otros, demasiados, que de este caso escriben, aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se trataba de Montiel y ningún otro sitio, todo lo cual me llevó todavía muchísimo tiempo más.
Así que me ven siguiendo los pasos de Rocinante de acá para allá y también a la pluma del manco, que rezuma claridad y concisión cual persona seria y poco dado a la ironía, que en estos temas además es especialmente meridiano. Paso entonces a comenzar este estudio de rutas, arduo tema, y para ello es mejor contar todo sin dejarse nada, ni siquiera el más leve detalle, por mínimo que sea, y si alguno se me pasa será más por el galgo del autor que por falta de sujeto.
Algo complicado de contar es la 1ª salida de don Quijote pero como todo se ha de comentar y ver, aquí no hay más remedio que ir al principio y tirar para adelante. Veamos como se inicia esta aventura y que pistas nos proporcionan los libros de Cervantes respecto al posible lugar de partida, estas son las dos primeras que aparecen:
PRÓLOGO QH :
… este Prologo; en el qual veras, lector suaue, la discrecion de mi amigo, la buena ventura mia en hallar en tiempo tan necessitado tal consegero, y el aliuio tuyo en hallar tan sinzera y tan sin rebueltas la historia del famoso don Quixote de la Mancha, de quien ay opinion por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el mas casto enamorado y el mas valiente cauallero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos.
CAP. II QH :
Y assi, sin dar parte a persona alguna de su intencion y sin que nadie le viesse, vna mañana, antes del dia, que era vno de los calurosos del mes de Iulio, se armó de todas sus armas, subio sobre Rozinante, puesta su mal compuesta zelada, embraçó su adarga, tomó su lança, y, por la puerta falsa de vn corral, salio al campo con grandissimo contento y alboroço de ver con quánta facilidad auia dado principio a su buen desseo.
“Una mañana, antes del día…”, ¡ya estamos! ¿era de día o de noche todavía?, al alba, hemos de suponer.
“… que era de los calurosos del mes de julio…”, esto es importante, el sol de julio es cosa fina en la Mancha.
CAP. II QH : con esto se quietó y prosiguio su camino, sin lleuar otro que aquel que su cauallo queria, creyendo que en aquello consistia la fuerça de las auenturas.
Bien, hasta aquí todo esta claro, va solo, ensimismado, hacia donde quiera y guste Rocinante, y parece que camina por el antiguo y conocido campo de Montiel, como más adelante se especificará y apuntillará. En realidad el autor es muy preciso en este punto, no hay problemas, todo esta claro, ya desde el prólogo se deja ver esta tendencia a la claridad, enemiga de la oscuridad y el retorcimiento. Pues han de saber que ya en la prefación anuncia su odio a la imprecisión y promete ser concreto y puntilloso. Así, al final de la misma dice:
“… y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote”
El distrito del campo de Montiel queda, pues, establecido como área por donde es conocido y camina nuestro hidalgo, o “… en aquellos contornos“ sin especificar, pues seria mucho pedir, si esta en el centro, más o menos, del distrito, o en los aledaños. Pero pues ha dicho un nombre, Montiel, la cosa queda determinada de forma sincera y sin revueltas.
Tenemos algunas pistas más, unas bellotas (gordas), bosques cercanos, arroyos, tierras de sembradura, un prado concejil, caza e incluso un galgo para la misma, así como una cuesta que hay que subir y bajar para llegar al lugar. Veamos detallada y puntualmente que esto es así:
CAP. I QH :
En vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viuia vn hidalgo de los de lança en astillero, adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor.
…
que oluidó casi de todo punto el exercicio de la caça, y aun la administracion de su hazienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendio muchas hanegas de tierra de sembradura …
CAP. XIII. QC : … Pues galgos, no me auian de faltar, auiendolos sobrados en mi pueblo; y mas, que entonces es la caça mas gustosa, quando se haze a costa agena.
CAP. IV QH :
No auia andado mucho, quando le parecio que a su diestra mano, de la espessura de vn bosque que alli estaua,…
CAP. L QC : Dizenme que en esse lugar ay bellotas gordas; embieme hasta dos dozenas, que las estimaré en mucho por ser de su mano,…
CAP. X QC : … te mando las crias que este año me dieren las tres yeguas mias que tu sabes, que quedan para parir en el prado concegil de nuestro pueblo.
CAP.LXXII QC :
Con estos pensamientos y desseos, subieron vna cuesta arriba, desde la qual descubrieron su aldea, la qual vista de Sancho, se hincó de rodillas, ….
…
Con esto, baxaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.
(Véase Urda y su posible cuesta)
Pero volvamos a la narración, pues ya lo tenemos montado sobre Rocinante y cabalgando, al pairo de su rocín, si bien no sabemos si ya ha amanecido o no, pero sí que va ensimismado pensando en: “¿Quién duda, sino que en los venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escriuiere no ponga, quando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?…”. Pero veamos el párrafo completo:
CAP. II QH : Yendo pues caminando nuestro flamante auenturero, yua hablando consigo mesmo, y diziendo: ¿Quién duda, sino que en los venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escriuiere no ponga quando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera? Apenas auia el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra, las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados paxarillos con sus harpadas
# lenguas, auian saludado con dulce, y meliflua armonia la venida de la rosada Aurora, que, dexando la blanda cama del zeloso marido, por las puertas, y balcones del manchego orizonte, a los mortales se mostraua, quando el famoso cauallero don Quixote de la Mancha, dexando las ociosas plumas, subio sobre su famoso cauallo Rozinante, y començo a caminar por el antiguo, y conocido campo de Montiel (y era la verdad que por el caminaua) y …
…
¡O tu sabio encantador, quien quiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruegote que no te oluides de mi buen Rozinante, compañero eterno mio
…
Ha hecho su aparición el sabio que va a narrar los hechos, no es de extrañar, pues todos los caballeros andantes famosos tienen uno y don Quijote no iba a ser menos. Dicho sabio, aún innominado, se convertirá en el segundo autor de este libro, pero todo esto se comentará más adelante. Lo que me interesa destacar ahora es lo que ve dicho sabio encantador:
“Apenas el rubicundo Apolo…”. Bien, parémonos un momento, pues acaba de mostrarse triunfalmente el sol, y éste puede ser un buen orientador para un marino y aun para un caballero andante, siendo preciso que nos fijemos en él.
¿Apolo mira a don Quijote de frente, de espaldas o de lado? Ni idea, esa es la primera impresión, pero si se fija uno quizá en lo de … por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba …” y me dio la sensación de que el sol podía estar de frente, al menos del narrador, que en este caso es don Quijote comentando lo que debería decir su coronista de él. Si esto lo unimos a:
Con
esto caminaua tan despacio, y el sol entraua tan apriesa, y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos (si algunos tuuiera).
Puertas, balcones, horizonte, se mostraba, el sol entraba, derretirle los sesos, ¿por donde daba el sol a don Quijote? ¿Por el cogote? Pero sigamos con la narración:
Casi todo aquel dia caminò sin acontecerle cosa que de contar fuesse, de lo qual se desesperaua, porque quisiera topar luego, luego, con quien hazer experiencia del valor de su fuerte braço. Autores ay que dizen que la primera auentura que le auino, fue la del puerto Lapice, otros dizen, que la de los molinos de viento. Pero lo que yo he podido aueriguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es, que el anduuo todo aquel dia, y al anochecer, su rozin y el, se hallaron cansados, y muertos de hambre: y que mirando a todas partes, por ver si descubriria algun castillo, o alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiesse remediar su mucha hambre, y necessidad: vio no lexos del camino por donde yua vna venta, que fue como si viera una estrella, que no a los portales, sino a los alcaçares de su redencion le encaminaua. Diose priessa a caminar, y llegô a ella a tiempo que anochecia:
…
A pesar de todo parece que se ve bien todavía, digamos que está anocheciendo pero que aún se ve bien. Si consideramos que en la Mancha en julio el sol se pone muy tarde, a las 22.00 todavía se puede ver bien, y si tenemos en cuenta que ha podido salir por la puerta falsa del corral alrededor de las 6,30 de la mañana tendremos que ha estado caminando aproximadamente unas quince horas y, que a una legua por hora serian unos 80 Km. Pero si suponemos que camina despacio en un rocín viejo o una vieja yegua, que me da igual, y sin rumbo fijo, con un sol de justicia y algún descanso, habrá que quitar unos cuantos km.. Parra Luna y colegas en su libro (
“El lugar de la Mancha es …”) hacen una estimación de 31 km. por jornada (de verano) que a mí me parece bastante acertada, así pues, se puede considerar que una distancia de entre 30 y 50 km. sería bastante cercana y adecuada a un cálculo lógico.
También es de comentar que de este fragmento del texto se deduce que ésta es la aventura “del puerto Lapice”, pues no es la de los molinos de viento, y por tanto de aquí sabemos hacia donde se ha dirigido Rocinante, que es el timonel en esta salida. Esto viene corroborado por la segunda salida, donde se dice que se lleva el mismo camino y derrota que en la primera, y se especifica que es otra vez a Puerto Lapice, topándose entonces con los molinos.
Volvamos a la narración, donde teníamos a don Quijote y Rocinante, cansados, acercándose a la venta que cual estrella ha sido divisada al atardecer (¿iluminada por los últimos rayos del sol, o con éste de contra?). La venta le parece “un castillo con sus quatro torres y chapiteles de luziente plata”, y aquí he de decir que esa iluminación plateada es típica de los atardeceres cuando no te dan los últimos rayos en los ojos sino que la luz procede de atrás. Se dirige a ella por un camino, pues se dice que yendo por él la divisa, y si no hay nada en contra la venta estará en un camino, que es donde suelen estar las ventas, y que según se deducirá más tarde dicho camino lleva a Sevilla. Así pues, venta en el camino a Sevilla, venta en un camino real, venta por Puerto Lapice, lugar que en tiempos se llamó Venta de Puerto Lapice, en definitiva, que podría considerarse que están en el mismísimo Puerto Lapice o en una venta cercana, donde :
: estauan acaso a la puerta dos mugeres moças, destas que llaman del partido, las quales yuan a Seuilla con vnos harrieros, que en la venta aquella noche acertaron a hazer jornada: y como a nuestro auenturero, todo quanto pensaua, veía, o imaginaua, le parecia ser hecho, y passar al modo de lo que auia leydo, luego que vio la venta, se le representò que era vn castillo con sus quatro torres y chapiteles de luziente plata, sin faltarle su puente leuadiza, y honda caua, con todos aquellos aderentes que semejantes castillos se pintan.
La cuestión es esta: con las pistas que tenemos da la sensación de haber andado todo el día y, según la desorbitada hipótesis de Pierre, Apolo les ha cruzado el cráneo, empezando por la frente hasta el cogote, o viceversa, que ésta es la cuestión. Han recorrido entre 30 y 50 Km. y han llegado a
Puerto Lapice o alrededores, y todo ello por la querencia de Rocinante. La dirección oeste hacia el este no debe ser descartada, y sin embargo, por estar situado el campo y distrito de Montiel en la posición opuesta, debemos descartarla y decir que es otra.
No parece que haya más pistas de esta primera salida o al menos no se ha visto que nadie considere otras que las dichas, ni Parra Luna y colegas ni ningún otro escudriñador del enigmático lugar de procedencia de Rocinante y compañía. ¿Es posible que alguna mente enrevesada pueda encontrar alguna otra pista? Es posible incluso que exista, muy escondida, pues nadie la ha mencionado nunca, salvo que tengamos en cuenta dos aspectos. Siendo el primero de ellos algo de “a soslayo”, que me costó lo suyo encontrar donde estaba. Pero si nos fijamos en un detallito de la segunda salida, esta vez con Sancho, entonces quizá podríamos aclarar donde estaba el rubicundo Apolo a primera hora de la mañana del día de autos, que sería, para variar, saliendo por Cartagena, pero lo importante es por donde iluminaba al amo y a su caballo. Obsérvese en el capitulo VII (QH) y en la segunda salida este párrafo:
Acerto
don Quixote a tomar la misma derrota, y camino, que el que el auia tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el qual caminaua con menos pesadumbre que la vez passada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigauan.
Como vemos se sigue insistiendo en el campo de Montiel, sí, pero además nos dice algo muy importante respecto a la posición del sol en la primera salida, cuya referencia es clara. Dice que “caminaua con menos pesadumbre que la vez passada“, y fíjense bien que dice “caminaua” (singular) y no caminaban (plural), por lo que no se incluye a Sancho. Queda claro que era don Quijote en solitario en la primera salida el que caminaba y hay que fijarse también en el detalle de “con menos pesadumbre que la vez passada“ ¿porque esa menor pesadumbre?, porque “por ser la hora de la mañana” no, pues aquí no hay ninguna novedad, también era primera hora cuando don Quijote sale solo, o quizá será entonces porque lo que hacía el sol era “herirles (plural) a soslayo“, esto es, de lado , oblicuamente y por eso “no les fatigauan“(plural). Analicemos ese “a soslayo” que tanto había llamado la atención de Pierre, más detenidamente.
“A soslayo”, ahora decimos “de soslayo” para decir “de lado”, “oblicuamente”, y ésta es la única vez que se utiliza en el Quijote dicha expresión. Pero se me ha ocurrido mirar en las “Novelas ejemplares”, en la estupenda edición de Jorge García López que trae diccionario de las palabras utilizadas en la obra, y da la casualidad de que también aquí sólo se utiliza una vez y es en la primera de las novelas, “La gitanilla”, cuando un gitano refiriéndose a la forma de vivir de los gitanos dice:
Somos astrologos rusticos, porque, como casi siempre dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del dia y las que son de la noche; vemos como arrincona y barre la aurora las estrellas del cielo, y como ella sale con su compañera el alua, alegrando el ayre, enfriando el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ellas, el sol dorando cumbres, como dixo el otro poeta, y rizando montes; ni tememos quedar elados por su ausencia quando nos hiere assoslayo con sus rayos, ni quedar abrasados quando con ellos particularmente nos toca.
Otra referencia más encuentro en la última estrofa de “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”:
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuése y no huvo nada.
Esta claro que la primera vez no tuvo suerte el solitario hidalgo y con más pesadumbre que en la segunda salida, esta vez le dio el sol no de soslayo sino más bien de frente, mientras que en la segunda salida, ya con Sancho, le daba de soslayo y esto les causaba, lógicamente, una pesadumbre menor. Eso es lo que necesariamente parece deducirse, y tiene muchísima importancia pues significa que el sol no le daba de soslayo sino en los ojos, frontalmente, y como consecuencia de esto, si se dirigía a Puerto Lapice y el sol le daba en la cara por la mañana tenía que proceder del oeste, y más puntualmente algo al noroeste, pues la Mancha no se encuentra en el ecuador, saliendo Apolo hacia el sureste (sale por el este ligeramente ladeado hacía el norte en esa época de julio, pero inmediatamente se va colocando en dirección sureste).
Concretando un poco, pues el detalle lo merece, en la segunda salida llevaban la cosa iba mejor porque el sol no les daba de frente, sino de lado y ya se comentará en su momento el posible porqué de este desvío, mientras en la primera salida don Quijote lo pasó peor, con más pesadumbre, y esto sólo pudo ser porque le daba de frente en toda la cara. Así pues podría pensarse que o los contornos del distrito del campo de Montiel se extienden mas allá de Puerto Lapice por el oeste o aquí pasa algo raro.
Lo más curioso es que nadie se haya fijado en este punto, lo cual me hace ir con mucho cuidado y precaución, pero aún así tendré que concluir que un lugar al noroeste es posible y hasta más congruente, si exceptuamos las continuas referencias explicitas a Montiel, en la dirección contraria, que es la única considerada clásicamente hasta ahora. El único investigador que ha hablado de la posibilidad de buscar por el noroeste ha sido José Terrero en un artículo en los Anales Cervantinos VIII (1959-1960) llamado
“Las rutas de las tres salidas de DQ de la Mancha”, mas como una simple observación. Pero ambas direcciones son posibles por ahora, pues una pista, Montiel, lleva a una orientación, y otra, a soslayo y pesadumbre, lleva a otra. El sol parece querer darle la razón a la dirección noroeste, y Cervantes la quita reiteradamente por no estar en el citado distrito.
¿Puede haber alguna otra pista de la primera salida más escondida por ahí? Pienso que si, y se trata de otra palabra, “solazando”, que también fue trabajoso encontrarla, veamos donde estaba, pues aún no acaba de llegar a la venta:
Fues
se llegando a la venta, que a el le parecia castillo, y a poco trecho della, detuuo las riendas a Rozinante, esperando que algun Enano se pusiesse entre las almenas, a dar señal con alguna trompeta, de que llegaua cauallero al castillo. Pero como vio que se tardauan, y que Rozinante se daua priessa por llegar a la caualleriza, se llegô a la puerta de la venta, y vio a las dos destraydas moças que alli estauan, que a el le parecieron dos hermosas donzellas, o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo se estauan solazando. En esto sucedio acaso, que vn porquero que andaua recogiendo de vnos rastrojos vna manada de puercos (que sin perdon assi se llaman) tocó vn cuerno, a cuya señal ellos se recogen: y al instante se le representô a don Quixote lo que desseaua, que era que algun Enano hazia señal de su venida: y assi con estraño contento llegò a la venta y a las damas. Las quales, como vieron venir vn hombre de aquella suerte, armado, y con lança y adarga, llenas de miedo se yuan a entrar en la venta: pero don Quixote, coligiendo por su huyda su miedo, alçandose la visera de papelon, y descubriendo su seco y poluoroso rostro, con gentil talante, y voz reposada les dixo: …
Don Quijote, la venta, y en medio las dos mozas que “se estauan solazando”, se supone que por la parte de la venta iluminada por los últimos rayos del sol al anochecer. Ha de deducirse aquí que a don Quijote y Rocinante les daba el sol por la espalda, y estaba anocheciendo, luego tenían el oeste, por donde se pone el sol, por detrás, ergo venían de algún lugar al oeste.
Además un porquero toca un cuerno, señal por la que una piara de cerdos se recoge (¿a la última luz del día?). Así también las damas “… como le vieron venir”. Aquí todo el mundo ve, un poco, pero ve, el porquero, los puercos, las damas y hasta la venta o castillo se ve, luego parece que el rubicundo Apolo no se ha despedido todavía, y las damas se estaban solazando. Pero ¡ojo!, que “solazarse” es un verbo que puede esconder otros significados, como descansar, reposar, regodearse o recrearse, así que identificarlo solamente con tomar el sol puede ser excesivo, y aquí puede que no esté del todo acertado, por lo que si este apunte no es malo tampoco podemos decir que sea muy bueno.
Como curiosidad, y por seguir la importante jornada, las siguientes referencias a partir de aquí ya son sólo para la noche, que parece fresca, veámoslas:
y, axial se quedó toda aquella noche con la zelada puesta,…
Pusieronle la mesa a la puerta de la venta por el fresco, …
Y ya en el capítulo siguiente, el III (QH), parece que se presenta una noche con una luminosidad esplendida, vean si no:
… se començo a passear delante de la pila: y quando començo el passeo, començaua a cerrar la noche.
…
Acabò de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podia competir con el que se la prestaua: de manera que quanto el nouel cauallero hazia era bien visto de todos.
Observen con que gracia acaba de mencionar por última vez en esa noche al rubicundo, “el que se la prestaua”, no hemos hecho mal en seguirle desde su “Apenas el rubicundo“ hasta su desaparición final compitiendo ante el espejo de Selene.
¿Puede haber alguna pista más?, no creo, pero por si acaso permítanme recordarles lo que dice el primer autor del Quijote del segundo autor, Cide Hamete Benengeli, nada más empezar a hablar de él, en el capítulo IX (QH):
…, le di priessa que leyesse el principio, y haziendolo ansi, boluiendo de improuiso el Arauigo en Castellano, dixo que dezia: Historia de don Quixote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli historiador Arauigo.”… … …y roguele me boluiesse aquellos cartapacios, todos los que tratauan de don Quixote, en lengua Castellana, sin quitarles, ni añadirles nada,… … donde en poco mas de mes y medio, la traduxo toda, del mesmo modo que aqui se refiere.
…
Otras algunas menudencias auia que aduertir, pero todas son de poca importancia, y que no hazen alcaso a la verdadera relacion de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera. Si a esta se le puede poner alguna obgecion cerca de su verdad, no podra ser otra, sino auer sido su autor Arauigo, siendo muy propio de los de aquella nacion ser mentirosos: aunque por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender auer quedado falto en ella que demasiado. Y ansi
me parece a mi, pues quando pudiera, y deuiera estender la pluma, en las alabanças de tan buen cauallero, parece que de industria las passa en silencio. Cosa mal hecha, y peor pensada, auiendo, y deuiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos, y no nada apassionados, y que ni el interes, ni el miedo, el rancor, ni la aficion, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia emula del tiempo, deposito de las acciones, testigo de lo passado, exemplo, y auiso de lo presente, aduertencia de lo por venir. En esta se que se hallarà todo lo que se acertare a dessear en la mas apazible: y si algo bueno en ella faltare, para mi tengo, que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto.
Con Benengeli hemos topado, que escribe en arábigo, es decir, de derecha a izquierda, pero aún con caracteres arábigos escribe palabras castellanas. Es decir que la mayor parte del Quijote estaba escrito al revés, como en un espejo, pero además en letras árabes. ¿Alguna objeción cerca de su verdad?, si la hay, no podrá ser otra que haber sido su autor arábigo, mentiroso, y antes falto que demasiado, no muy puntual ni verdadero y más bien apasionado. Pero todo esto “no les haga torcer del camino de la verdad “. De todas formas, no se preocupen, pues si algo bueno faltare en ella, ya saben, para mi tengo que fue “por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto“. Veamos otra referencia a la fiabilidad del arábigo:
Cap. III (IC) .- Con esto se consolo algun tanto, pero desconsolole pensar que su autor era moro, segun aquel nombre de Cide, y de los moros no se podia esperar verdad alguna; porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temiase no huuiesse tratado sus amores con alguna indecencia que redundasse en menoscabo y perjuyzio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso
¿Cual es la nueva pista?, ¿un galgo por los contornos donde se ubican todos los habitadores del distrito del campo de Montiel? ¿Cuanto es capaz de recorrer un galgo en un día, situado éste en los contornos del campo de Montiel? Demasiado forzado, si utilizamos un galgo, la precisión de los contornos se ensancha demasiado. Quizá entonces pudiera ser que como Benegeli escribía al revés, la dirección también la pudo poner al contrario. También queda de lo más forzado, no cuela, hay que presentar pistas más serias, aunque habrán de reconocer que resulta un pasaje de lo mas oscuro y misterioso, pero si no se sabe interpretarlo, tampoco se puede inventar una deducción así como así.
Tendremos que hablar de Montiel pues, y de que se podía entender en aquella época por campo de Montiel, que no era sino una de las grandísimas comarcas de la Mancha actual, y su demarcación ha variado a lo largo de los últimos siglos, tal y como apunta Parra Luna y compañeros, no coincidiendo con la actual. Llegó a extenderse por el oeste hasta Membrilla (al ladito mismo de Manzanares, a tres km.), y otra demarcación de 1550 añadía algunas poblaciones más al este de Alcázar de San Juan (incluyendo Argamasilla de Alba, y supongo que también Tomelloso). En 1573 la capital dejó de ser Montiel y pasó a ser Villanueva de los Infantes, lo que prueba la importancia de este pueblo, “la Santillana de la Mancha“, con tropas e Inquisición, muchas parroquias y conventos, y pocas posibilidades de tener un solo cura y un solo barbero, cual aldea.
Pero el asunto es que había movimiento de pueblos de una configuración comarcal a otra por esa época, y que de los dos importantes caminos a Andalucía que en aquellos tiempos pasaban por la Mancha, uno era el de siempre, el histórico, el que pasaba por Toledo-Mora-Malagón-Ciudad Real-Almodóvar del Campo hacia Córdoba y Sevilla. Fue el que normalmente usó Cervantes, que además tenia casa en Esquivias y también en Toledo. Y el otro camino pasaba por la actual carretera general, prácticamente, pues era por Aranjuez-Ocaña-Puerto Lapice hasta algún paso de montaña cerca de Despeñaperros. Este segundo pasaba por los contornos occidentales del campo de Montiel, pudiendo quizá llamarse por extensión, y en ese tramo concreto, el camino del campo de Montiel y a todas esas llanuras al este de los Montes de Toledo de la misma forma.
Por otro lado, y para mas inri, hay que unir a este saco de confusión la existencia de una pequeña aldea, pueblo o villa, que veo desaparecida recientemente de los mapas, cuyo nombre, y sí quiero acordarme, es Villamontiel, al sur de Esquivias y toda la Sagra, en un lugar cerca de Manzaneque entre Mora, Tembleque y Turleque, en las orillas de un embalse, y desde luego muy al noreste, y demasiado lejos, de Puerto Lapice. Ahora está debajo de sus aguas (seguramente desde 1983, por unas obras de ampliación de su capacidad), adonde va a parar el río Algodor, que luego continua hacia el Tajo. Este embalse, llamado de Finisterre esta situado entre la sierra de la Rabera y la de Algodor.
En la guía Campsa-2006 no vienen tres pueblos, dos de ellos estaban a la vera de este embalse, son Villamontiel y el Caserío Venta Vieja, tampoco viene Turleque. A los dos primeros se los ha tragado el embalse, Turleque no aparece escrito en el punto donde sigue estando porque se lo ha tragado el que lo tenía que poner, y no será por falta de espacio para ponerlo, que sobra, pues anchos son sus campos, sencillamente se han olvidado de ponerlo.
Así pues, antiguamente, entre Esquivias y Puerto Lapice había un pueblo llamado Villamontiel, cuya antigüedad desconozco, grave fallo, y a partir de Puerto Lapice y Villarta de San Juan (distan unos 9 km.) los pueblos siguientes son Manzanares, con su Membrilla montielera al lado y por otra carretera están las también montieleras Argamasilla de Alba o Alcázar de San Juan.
Si todo esto se observa desde Esquivias y el camino de Toledo a Almodóvar del Campo, que en algún mapa he visto “Finisterra”(a unos 50 Km. al noroeste de P. Lapice) como sitio de paso del itinerario a continuación de Mora (pues para ir a Consuegra y Madridejos se pasa por allí, a 3 km. de Villamontiel) la confusión esta servida y bien urdida.
Tal vez quizá pudiera considerarse que caminar por los contornos de Puerto Lapice incluso desde un lugar al noroeste, en dirección al campo de Montiel, pudiera entenderse “caminar por el campo de Montiel” en aquella época en que no existían mapas, y los pocos que había no tenían los caminos marcados (prohibido por exigencias de seguridad militar como en la Rusia soviética), y con comarcas, distritos y provincias no muy claros y aún en formación. Así parece deducirse de la segunda estrofa del soneto del académico Paniaguado de la Argamasilla, que dice así:
Pisó por ella el vno, y otro lado
De la gran Sierra Negra, y el famoso
Campo de Montiel, hasta el eruolo
llano de Aranjuez, a pie, y cansado.
Parece aquí que el famoso campo de Montiel linda por el norte directamente con el herboso llano de Aranjuez (cerca de Esquivias y por tanto de la Sagra), y por el sur con la gran Sierra Negra (Morena). Por otra parte en algún lugar he llegado a leer que por aquellos años hasta Lillo podía ser considerado dentro del Campo de Montiel y ser limítrofe.
No pudiendo contravenir al orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante, a una ida le corresponde una vuelta. Toca ahora pues comentar el regreso a la aldea del primer viaje de don Quijote, donde quizá consigamos algún dato más respecto a la orientación proporcionada por Apolo, ya que como se verá parece que el camino de ida y vuelta fue prácticamente el mismo, o al menos esa fue la intención.
Pero antes de pasar a analizar la cuestión debo hacer una pequeña meditación sobre los seis primeros capítulos que constituyen este primer viaje en solitario de nuestro desorientado hidalgo. Es hecho bien conocido que Goethe, antes de escribir su magna obra
“Fausto” compuso un pequeño cuento o novela corta, un esbozo, o esquema de esta composición, y posteriormente fue añadiendo y acrecentándolo con nuevas ideas hasta que una pequeña composición se convirtió en una gran obra.
A este pequeño cuento se le conoce como el Ur-Faust (Ur = Pre) y por extensión, y suponiendo que en el Quijote pasó algo parecido, se habla, según tesis de J. J. A. Bertrand, del llamado Ur-Quijote. A este respecto también se podría aquí sacar a colación el “Entremés de los romances“, antecedente (¿fue anterior?, Luís Andrés Morillo lo duda) del Quijote e historia muy parecida y con muchas coincidencias con este Ur- Quijote, hasta el punto de sospecharse también su autoría por Cervantes o al menos su conocimiento. Pero en todo caso hay defensores de la idea de considerar que un proyecto de novela corta, el UR-Quijote, a modo de una de las novelas ejemplares, se pudo convertir en una novela larga.
Si esto fuera así tendríamos un esquema de la obra resumido en estos primeros capítulos, y esto es interesante, pues si hay alguna trama de enigma con sus consiguientes pistas, orientación, desorientación o despiste en esta supuesta adivinanza, podríamos suponer que conforma un juego completo de este misterio del lugar manchego, patria de don Quijote. Además que también podemos preguntarnos si ese “En un lugar de la mancha que no le saldrá en su vida“ de la ensaladilla del Romancero General conocida como “El amante apaleado“ contiene la misma aldea oculta y por adivinar que la que se escondería en el Quijote.
Se podría hablar también de un Ur- Benegeli, un sabio narrador que aparecerá posteriormente en el capítulo IX (QH) salvando la narración interrumpida (pues en los anales de la Mancha no constaban más datos de esta historia) al final de la primera parte de la primera parte de esta novela ¡que lío!. Todo lo cual hace que el libro tenga dos autores, Cervantes y Cide Hamete Benengeli, el primero escribiría los ocho y pico primeros capítulos y el segundo el resto. Pero antes de la aparición de este sabio historiador arábigo con su nombre y apellido, ya se mencionaba antes, en el segundo capitulo, la necesidad de la existencia de algún sabio narrador de esta historia, así lo demanda don Quijote. Recordemos que aparecía así:
CAP. II QH : Quién duda, sino que en los venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escriuiere, no ponga, quando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera? Apenas auia el rubicundo Apolo, tendido por la faz de la ancha, y espaciosa…
… O tu sabio encantador, quien quiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruegote que no te oluides de mi buen Rozinante, compañero eterno mio en todos mis caminos y carreras.
Vean pues como aquí don Quijote ya reclama un biógrafo, a ser posible un hagiógrafo, en su primera aventura, “tan de mañana“. ¿Y que es lo que nos dice este sabio? pues que “Apenas auia el rubicundo Apolo …”, es decir que la primera aparición de este Ur-Benengeli está dirigida a poner al sol iluminando el camino tempranero del caballero andante, con una extensa y poética parada en este hecho. ¿Es que acaso tiene importancia el sol en esta historia? al menos hay que reconocer que el autor se la da, sobre todo en el “Persiles“, que ya se comentarán en su momento.
No nos olvidaremos del buen Rocinante, compañero eterno, pero tampoco del rubicundo Apolo, que como han visto ha sido seguido de cerca y con detalle en la primera salida. De la misma manera serán observados caballo, caballero y astro “seguidor de la fugitiva ninfa” en todas las salidas y llegadas del lugar enigmático.
A la ida ya hemos comentado como el amanecer parecía haber sido contemplado por alguien (¿Benengeli?). Y para contemplar un amanecer debes situarte de frente a donde ha de salir el sol, que suele ser por el este, te pongas como te pongas. Pero si no te hallas en la línea del Ecuador, y estás, por ejemplo, en el hemisferio norte y cerca de Puerto Lapice para más señas, entonces tendrás que mirar hacia el sureste, pues si te sitúas hacia el este el sol te dará ligeramente de soslayo. Quiérese decir que la dirección en la que, según esto, caminaban amo y rocín debiera ser sureste, y provenir por tanto de algún sitio no ya al oeste, sino precisando más, de un lugar al noroeste de Puerto Lapice.
Según lo dicho este primer regreso debiera ser camino del noroeste. Habrá pues que aplicarse y poner la brújula a tono y no perder de vista ningún detalle por nimio que parezca.
Situémonos, pues, en la venta, donde ha sido ya armado (a lo largo de todo el capítulo III QH) caballero y el ventero está deseando perderle de vista como sea, tanto que:
FIN DEL CAP. III QH : El ventero por verle ya fuera de la venta, con no menos retoricas, aunque con mas breues palabras, respondio a las suyas, y sin pedirle la costa de la posada, le dexô yr a la buen hora.
Veamos ahora la continuación de esa última frase, que es el principio del siguiente capítulo IV (“De lo que le sucedio a nuestro cauallero
quando salio de la venta “):
La del alua seria, quando don Quixote salio de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alboroçado, por verse ya armado cauallero, que el gozo le rebentaua por las cinchas del cauallo. Mas viniendole a la memoria los consejos de su huesped, cerca de las preuenciones tan necessarias que auia de lleuar consigo, especial la de los dineros, y camisas. Determinò boluer a su casa, y acomodarse de todo, y de vn escudero: haziendo cuenta de recebir a vn labrador vezino suyo, que era pobre, y con hijos: pero muy a proposito para el oficio escuderil, de la caualleria. Con este pensamiento, guiò a Rozinante hâzia su aldea: el qual casi conociendo la querencia, con tanta gana començò a caminar, que parecia que no ponia los pies en el suelo. No auia andado mucho, quando le parecio que a su
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22 Noviembre 2008
DE TOLEDO A MURCIA PASANDO POR PUERTO
LAPICE
En el regreso del solitario hidalgo de su primera salida, ya armado caballero, tras la aventura del pastor Andrés y su amo Juan Haldudo el rico, vecino del Quintanar, prosigue camino a su aldea y …
“… En esto, llegó a vn camino que en quatro se diuidia, y luego se le vino a la imaginacion las encruzexadas donde los caualleros andantes se ponian a pensar quál camino de aquellos tomarian, y, por imitarlos estuuo vn rato quedo, y, al cabo de auerlo muy bien pensado, solto la rienda a Rozinante, dexando a la voluntad del rozin la suya, el qual siguio su primer intento, que fue el yrse camino de su caualleriza. Y auiendo andado como dos millas, descubrio don Quixote vn grande tropel de gente, que, como despues se supo, eran vnos mercaderes toledanos que yuan a comprar seda a Murcia … Apenas los diuisó don Quixote, quando … se afirmó bien en los estribos, apreto la lança, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuuo esperando que aquellos caualleros andantes llegassen, …”
Creo que lo de la encrucijada es para despistar, se dice antes y después que Rocinante va pensando en llegar a su establo y estará eligiendo el camino más corto posible. Nuestro hidalgo tiene a su espalda Puerto Lapice (de donde viene) y va de frente a su aldea cando se encuentra con unos toledanos que van a Puerto Lapice para dirigirse después a Murcia. No hay que ser un lince para ver que si trazamos un camino de Toledo a Puerto Lapice en algún punto de este camino se encontraran los toledanos con el recién armado caballero, y la distancia a Puerto Lapice debe ser corta (todo lo que haya podido caminar Rocinante descontando el tiempo perdido en la aventura de Andrés).
Tampoco hay que ser un halcón para vislumbrar que siguiendo por ese camino hacia Toledo se llega a su aldea, que debe estar cerca pues sólo le costó una jornada de rocín hacer la ida completa. Pero no puede continuar porque le han molido a palos y en el suelo no puede levantarse debido al peso de su armadura y así no se le ocurre otra cosa que ponerse a recitar un romance “¡O, noble Marques de Mantua, mi tio y señor carnal! Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acerto a pasar por alli vn labrador de su mesmo lugar y vezino suyo, que venia de lleuar vna carga de trigo al molino, … “.
El labrador le lleva en su burro a la aldea y allí en su casa le están esperando su sobrina, el ama, el cura y el barbero, y les dice
“Tenganse todos; que vengo mal ferido por la culpa de mi cauallo. Lleuenme a mi lecho, y llamese, si fuere possible, a la sabia Vrganda, que cure y cate de mis feridas.» «¡Mirá en hora maça», dixo a este punto el ama, «si me dezia a mi bien mi coraçon del pie que coxeaua mi señor! Suba vuestra merced en buen hora; que, sin que venga essa Vrgada, le sabremos aqui curar.”
Para ir desde Madrid o Esquivias o Toledo hacia Andalucía Cervantes casi siempre utilizó una vieja ruta que se llamaba camino de las Ventas o camino de la Plata. Desde Toledo se dirigía hacia Mora, Malagón, Ciudad Real y Almodóvar hacia Córdova y Sevilla. Pero paralela a esta ruta había otra que se estaba poniendo de moda, por Aranjuez, Ocaña, Puerto Lapice hasta Despeñaperros (que entonces no existía como puerto, sino que se cruzaba por otros dos puertos cercanos: por el Puerto del Muradal hasta fines del siglo XVI y por Puerto del Rey a partir de esta fecha) .Y para conectar una vía con otra, aparte de la ruta de Consuegra y Madridejos, existía un lugar entre Mora y Malagón donde había un desvío que pasando entre el sur de Consuegra y Madridejos (y de sus famosos molinos de viento) y bordeando la Sierra Calderina (últimos Montes de Toledo) se llega a Puerto Lapice, gran cruce de caminos hoy y entonces y desde donde también salen caminos a Murcia o al Toboso.
Ese desvío conectaba las dos grandes rutas hacia el sur y por ahí podían los mercaderes toledanos encontrar un atajo para llegar hasta los árboles de moreras y gusanos de seda murcianos. Estaría al oeste de Puerto Lapice, exactamente de donde viene Don Quijote con o sin Sancho Panza, y vemos que la sombra y la seda parecen indicar esta dirección contraria a todas las hipótesis sostenidas hasta ahora por los buscadores y descubridores del lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acodarme.
Pero existe un solitario lugar justo en ese desvío y entre 1587 y 1900 se halla entre la lista de sus alcaldes el apellido Cervantes en 22 ocasiones y Crespos en tres (en su último libro, el Persiles, se habla de un sitio cerca de Quintanar de la orden, “un lugar de cuyo nombre no me acuerdo”, que tiene un regidor llamado Crespo), a veces tenían dos alcaldes a la vez y la lista comienza así:
1 Feb 1587 Gonzalo Díaz Guerrero
11 Oct 1587 -1 Dic 1588 Francisco Guerrero y Juan García Crespo
6 Sep 1595 Juan Gallego y Francisco de Lora
Feb 1598 López de Cervantes y Francisco de Lora
1594-1605 Juan López de Cervantes y Tomas Díaz
14 sep 1603 Francisco Lorencio y Fernández
1607 Francisco Lorencio y Juan García Crespo
1607 1608 Juan Gallego
1609 Juan López de Cervantes
21 feb 1612 Juan Gallego
30 nov 1612 Juan López de Cervantes (que sigue hasta 1623), etc.
(También el nombre del otro regidor, Berrueco, aparece en el Presiles y en el Quijote referidos a personas de ese lugar)
Pues bien, el sobredicho pueblo pertenecía a Alcázar (Ciudad Real) y en 1833 pasó a ser de la provincia de Toledo. Las divisiones por distritos provinciales no estaban muy claras en aquella época y Alcázar perteneció al distrito de Montiel en alguna ocasión, en cualquier caso podía estar en sus contornos, lo cual sería una suerte donde verías:
“… el aliuio tuyo en hallar tan sinzera y tan sin rebueltas la historia del famoso don Quixote de la Mancha, de quien ay opinion por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el mas casto enamorado y el mas valiente cauallero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos …”
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22 Noviembre 2008
Una antigua Adivinanza
A URganDA LA DESCONOCIDA MAS LE CONVIE
NE ABITAR UNA ÇAURDA
En un lugar de la Mancha, cuyo nombre, si no me acuerdo mal, es Urda, ha mucho tiempo que se produce el fenómeno geográfico estar en el camino de la Plata, entre Mora y Malagón, y tener un desvío al este por el que, tras contemplarse un bello espectáculo de molinos de viento (en aquella época 21 en Consuegra y al lado 11 en Madridejos) se puede llegar a Puerto Lapice en unos 40 o 50 Km. siguiendo la dirección noroeste y luego bajando suavemente y por tanto a tiro de jornada de rocín.
Piense, investigue, planee, trame, teja, deshile desenrede, maquine, aclare, pártase la cabeza, desentrañe, haga lo que sea pero urda algo. ¿hace alguna referencia Cervantes al nombre de este lugar de forma abierta o cerrada, con sutilezas o gracejos? Jamás escribe ese nombre y no da pistas y si muchos despistes. Pero en el prólogo del comienzo del libro hace muchas maniobras para decir que (pobrecito él) su historia no podrá salir a luz porque aunque:
“Solo quisiera dartela monda y desnuda, sin el hornato de Prologo, ni de la inumerabilidad y catalogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te se dezir, que, aunque me costo algun trabajo componerla, ninguno tuue por mayor que hazer esta prefacion que vas leyendo. Muchas vezes tomé la pluma para escriuilleé, por no saber lo que escriuiria
; y estando vna suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mexilla, pensando lo que diria, entró a Alcázar deshora vn amigo mio, gracioso y bien entendido, el qual, viendome tan imaginatiuo, me preguntó la causa, y no encubriendosela yo, le dixe que pensaua en el Prologo que auia de hazer a la historia de don Quixote, y que me tenia de suerte que ni queria hazerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble cauallero.”
Parece que el libro no podrá publicarse nunca, sobre todo por falta de unos versos al principio, pero no unos versos de cualquiera, de oficiales (del oficio de escritor) amigos no valen aunque los reconozca mejores, han de ser de gente de categoría, y lo cuenta así:
“Tambien ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celeberrimos. Aunque si yo los pidiesse a dos o tres oficiales amigos, yo se que me los darian, y tales, que no les ygualassen los de aquellos que tienen mas nombre en nuestra España.”
Pero el amigo gracioso le da una idea que le sacará de este atasco: que los haga el mismo y se invente los nombres, así se lo explica:
“Lo primero, en que reparays de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personages graues y de titulo, se puede remediar en que vos mesmo tomeys algun trabajo en hazerlos, y despues los podeys bautizar y poner el nombre que quisieredes, ahijandolos al Preste Iuan de las Indias, o al Emperador de Trapisonda, de quien yo se que ay noticia que fueron famosos poetas, y quando no lo ayan sido, y vuiere algunos pedantes y bachilleres que por detras os muerdan y murmuren desta verdad, no se os de dos marauedis, porque ya que os aueriguen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escriuistes.”
Y su única mano (libre del peligro de ser cortada) se lanza a la aventura de preparar unos versos introductorios que parecen tener mucha importancia para él, ha maquinado un prólogo para explicar su existencia y además se ha tomado algun trabajo de componerlos. El primero de este grupo de poemas es uno de pies cortados (se come la parte final) y cuya parte eliminada se muestra entre paréntesis. Se titula Al libro de don Qvixote de la Mancha Vrganda la desconocida, y tiene partes curiosas y oscuras, intrigantes, extrañas, empieza así:
Si de llegarte a los bue-(nos),
libro, fueres con letu-(ra),
no te dira el boquirru-(bio)
que no pones bien los de-(dos).
Mas si el pan no se te cue-(ce)
por yr a manos de idio-(ta),
veras, de manos a bo-(ca),
aun no dar vna en el cla-(vo);
si bien se comen las ma-(nos)
por mostrar que son curio-(sos).
Y, pues la espiriencia ense-(ña)
que el que a buen arbol se arri-(ma)
buena sombra le cobi-(ja), …
Más adelante retomaremos otras partes de este poema, por ahora conformémonos con que son de Vrganda la desconocida, y que ese nombre se parece algo al nombre del desvío en la ruta imperial, siendo lo único que se acerca a una posible referencia velada y sutil si no fuera porque aparece otra en el segundo libro del Quijote, ya derrotado en Barcelona y de vuelta por tierras de Aragón y en casa de los Duques “Don Quixote les suplicó le diessen licencia para partirse aquel mismo dia, pues a los vencidos caualleros, como el, mas le conuenia abitar vna çaurda que no reales palacios.”
Una çaurda (zahúrda) es una pocilga y no es mal sitio para purgar penas, pero al estar asociado a “partirse” y “abitar “, y teniendo en cuenta que está partiendo hacia su aldea y habita normalmente en ella no deja de ser significativo usar este termino.
servido por pierre-menard
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